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Opinión

El desprecio por las víctimas

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
27 de abril de 2026

Colombia sigue siendo un país anestesiado, indolente y oportunista. Las víctimas le sirven cuando suman votos, propician un escenario para lucirse, dejan tierras para apropiarse de ellas.

Pero suspender el descanso, las deliberaciones que se traducen en componendas políticas o solidarizarse con los padres, hermanos, hijos, sobrinos, primos, amigos de aquellos a los que les han arrebatado la vida, no hay tiempo. Estas son épocas en que cada congresista está buscando cómo sacarle provecho a la reelección, a la primera elección o a las campañas que los acogen porque se les acabaron los privilegios en el legislativo. El Día de las Víctimas se les acabó la solidaridad a senadores y representantes. Poco les importó que se tratara de personas que han sufrido daños físicos, mentales, emocionales y financieros por razón de acciones que violan la ley penal, los derechos humanos, por los conflictos armados y los desastres. Algunos congresistas también han padecido la violencia y les duele la ausencia de los suyos y, a pesar de eso, no se solidarizaron con los demás. En épocas de pandemia, ya lejanos esos días, se repitió hasta el cansancio que el encierro, la oportunidad de reflexionar, la convivencia en familia, harían de cada colombiano una mejor persona. ¡Mentira! No hubo una conversión generalizada en mejores seres humanos. No se llenó el alma de todos de más humanidad. No se dio tal belleza. Por el contrario, de la bondad del corazón hablan los labios y lo que oímos día a día son expresiones que denotan sentimientos muy diferentes: rabia, odio, amargura, tristeza, mentira, deseo irrefrenable de venganza, palabras que muestran el afán de eliminar al contrario no solo en las urnas, sino, como dicen los niños, en la vida real. Las víctimas han servido a muchos de excusa para ganarse el halago del poder, la exaltación de los resultados de perversas operaciones, para inventarles lastimeros discursos que se conviertan en votos. No hay derecho. La perversidad no tiene límites. Hay quienes han hecho de su víctima la oportunidad de adelantar una actividad política motivada por su dolor, olvidándose de los miles que sintieron una punzada tan grande como la suya. Son personajes que ni siquiera se han tomado el trabajo de modernizar el discurso y de estar presentes en los encuentros donde se comparten tristezas y se lucha contra el olvido. Olvidarse de las víctimas hace más difícil el tránsito hacia el perdón, extiende la impunidad y se manifiesta como una segunda muerte. El camino de la reconciliación no es de rosas, es de espinas y el encuentro con la paz, por esas actitudes, es cada vez más lejano. Un paso que no se dé en favor de la convivencia pacífica es un retroceso. Ponerse en los zapatos del otro, eso que los expertos llaman empatía, no es llenarles a los ofendidos el espacio con palabras vacías. Estar con las víctimas es un compromiso que sale desde lo más profundo del corazón con sinceros propósitos. Es una comunión de almas con un mismo fin.