
El despertar del letargo y el regreso al sentido común

Como ciudadano que vive fuera de su patria, observo con pesar la situación que atraviesa Colombia.
Durante estos últimos 3 años y 4 meses, el país ha tolerado la erosión de sus instituciones bajo el amparo de discursos ideológicos que prometían justicia y cambios, pero entregaron desorden. Se ha venerado al actual presidente radical de izquierda más por su retórica que por sus resultados, mientras la inseguridad crece y el estado de derecho se debilita. Hoy en día es imposible ocultar las consecuencias. La ley fue relativizada, el delito excusado y el caos presentado como transformación. Todo indica que el presidente apuesta por el caos como estrategia, para postergar o anular las elecciones con el fin de afianzarse en el poder. La crisis actual no es fortuita; responde a una estrategia destinada a debilitar las condiciones necesarias para que Colombia tenga unas elecciones legítimas. La mayoría de los políticos de derecha parecen más preocupados por sus intereses personales que por el bienestar del país. El sufragio para ellos no es una expresión ciudadana, sino una mercancía que engorda sus bolsillos. Esta actitud no solo debilita la institucionalidad, sino que le brinda una ventaja decisiva a la izquierda radical, que se beneficia de la división en el otro lado del espectro político. Cuando la ambición individual reemplaza el sentido común y el compromiso con la nación, el país entero paga el precio: calles inseguras, impunidad persistente y autoridades más preocupadas por el relato que por gobernar. Advertir sobre este rumbo ha sido durante estos últimos años motivo de estigmatización. Pero la realidad parece que se está imponiendo. Este cansancio social marca un punto de inflexión. Se percibe un despertar: el regreso al sentido común. No es un giro ideológico, sino una reacción lógica ante el fracaso. Sin orden no hay libertad, sin seguridad no hay derechos, sin instituciones fuertes no existe justicia social posible. En este contexto cobra fuerza la candidatura de Abelardo De La Espriella, quien propone lo esencial: autoridad legítima, respeto a la ley y recuperación del orden. No ofrece utopías, ofrece reglas. Y hoy, eso no es radicalismo: es responsabilidad. Elegir el orden no es retroceder. Elegir la seguridad no es renunciar a la democracia. Por el contrario, es rescatarla. La verdadera amenaza no viene de quien exige que la ley se cumpla, sino de quien la diluye en nombre de una ideología que ha demostrado su fracaso una y otra vez. El país se encuentra ante una disyuntiva clara: persistir en el letargo aferrado a mitos que ya no se sostienen, o asumir con madurez que el sentido común es una forma de progreso. El despertar ya comenzó. Falta decidir si se lo transforma en cambio o si se vuelve, una vez más, a cerrar los ojos.