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Opinión

El desarrollo rural del Caribe está enterrado bajo sus trochas

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
3 de diciembre de 2025

En el Caribe colombiano, el desarrollo rural no se mide únicamente en indicadores técnicos, sino en la cantidad de barro que se pega a las botas de un campesino cuando intenta sacar su cosecha. Cada invierno las trochas se convierten en trampas de lodo, y en verano esas mismas rutas se transforman en zanjas de polvo y piedra que quiebran motos, averían camiones y agotan la paciencia. Detrás de esa escena cotidiana, visible en las sabanas de Córdoba, los Montes de María o La Mojana, se esconde una verdad incómoda: el futuro del campo caribeño continúa enterrado bajo sus propias vías terciarias. Y no es coincidencia que donde termina la carretera, también desaparezcan la asistencia técnica, el crédito oportuno y la presencia efectiva del Estado.

Según el diagnóstico del Invías y el Conpes 3981, el 78% de la red terciaria del Caribe está en mal o regular estado. Ese dato no es un tecnicismo: es la causa directa de pérdidas económicas, desánimo rural y rezagos estructurales. En municipios como Moñitos y San Bernardo del Viento, donde se cultiva uno de los plátanos más apreciados del país, buena parte de la producción pierde valor antes de llegar a Montería o a los centros de acopio. Un trayecto que debería tomar minutos puede extenderse por horas. Cada hueco, cada bache y cada tramo erosionado representa una disminución en el precio y una barrera silenciosa contra la competitividad. Colombia posee cerca de 142.000 kilómetros de vías terciarias, pero solo una fracción está pavimentada y alrededor de una quinta parte se considera en buen estado, según estimaciones del DNP y otros informes técnicos. En el Caribe, el rezago es aún más crítico: departamentos como Córdoba, Sucre, Bolívar, Magdalena y La Guajira dependen de largas redes de caminos en afirmado o en tierra, con recursos limitados para su mantenimiento, lo que hace que la movilidad rural sea un desafío persistente en lugar de un derecho básico. El Dane estima que las pérdidas poscosecha pueden superar el 30% en zonas con mala conectividad. En el Caribe, esa cifra se traduce en ingresos mermados y oportunidades frustradas: el plátano se maltrata en el camino, el arroz producido en el Bajo Cauca y La Mojana pierde competitividad por los altos costos logísticos. Mientras países tropicales vecinos movilizan sus cosechas en tiempos razonables gracias a infraestructuras rurales funcionales, aquí un productor puede tardar más en transportar su producción que en cultivarla. La precariedad vial también frena la consolidación de cadenas agroindustriales. El caso del coco es revelador: Córdoba es hoy el principal productor del país, con 38.419 toneladas en 2024 y un rendimiento de 7,8 toneladas por hectárea. Sin embargo, las zonas cocoteras continúan conectadas por rutas deterioradas hacia Montería y hacia los corredores del Golfo de Morrosquillo. Esta débil conectividad limita el ingreso de inversionistas, dificulta la instalación de plantas de procesamiento y encarece la logística, impidiendo convertir la producción primaria en empleo y valor agregado. La desconexión también afecta a territorios como el Alto Sinú, los corredores productivos de San Jorge y Ayapel, el cinturón frutícola de Atlántico y Magdalena, y la cuenca baja del Cauca y La Mojana, donde los costos logísticos terminan determinando si un cultivo es rentable o apenas sobrevive. Sin vías funcionales, ninguna región puede aspirar a cadenas de valor dinámicas, a mejoras sostenidas en los ingresos rurales o a competir en mercados nacionales e internacionales. La infraestructura vial es, en esencia, el hilo que une —o rompe— la posibilidad de desarrollo. El contraste entre las expectativas y la realidad es evidente. En el Caribe sobran las promesas: planes de agrópolis, trenes regionales, nodos logísticos, centros de abastecimiento y estrategias de desarrollo rural territorial. En el papel, la región aparece como un territorio articulado, con agroindustrias robustas y productores plenamente conectados a mercados. Pero mientras esas iniciativas se discuten en auditorios y documentos, la vida cotidiana del campesino sigue condicionada por kilómetros de caminos que nadie mantiene. La trocha recuerda a diario que sin conectividad no hay competitividad: el productor continúa vendiendo en la plaza más cercana porque mover su producto cuesta más que producirlo. Las regiones que han logrado verdaderas transformaciones rurales comenzaron por lo esencial: sin vías rurales estables no hay agricultura competitiva. La carretera no garantiza todo, pero su ausencia asegura el estancamiento. Las vías terciarias no son obras complementarias; son la base que permite asistencia técnica, acceso a crédito, digitalización, diversificación y llegada de agroindustria. El Caribe necesita un giro técnico y político. Las inversiones deben basarse en criterios productivos, no electorales. Mapas de vocación, rutas de cosecha, estudios logísticos y análisis de vulnerabilidad climática ya existen; lo que falta es voluntad para convertir esa evidencia en decisiones. También se requiere un nuevo modelo de ejecución: microempresas rurales de mantenimiento, alianzas público-privadas con agroindustrias, convenios con asociaciones de productores y contratos de largo plazo que garanticen continuidad técnica. Cuando la competitividad depende de la vía —como ocurre en el sector palmero—, los actores se organizan para preservarla. Finalmente, los recursos deben dejar de dispersarse. El Caribe necesita un Plan Regional de Infraestructura Productiva, con corredores estratégicos definidos bajo una secuencia lógica: finca - vereda - centro de acopio - vía secundaria - puerto. No se trata de construir más, sino de construir mejor. La conclusión es contundente: sin infraestructura rural ejecutada con criterio productivo, no habrá transformación en el Caribe. No habrá relevo generacional, agricultura digital ni agroindustria posible si la cosecha sigue hundiéndose en el barro o rebotando en el polvo de una trocha abandonada. El Caribe no puede continuar enterrando su futuro bajo sus propios caminos. Desenterrarlos es el primer paso para construir un campo competitivo, digno y sostenible.