
El cuidado: la deuda impaga con las mujeres de Colombia

En Colombia, millones de mujeres han entregado su vida entera al cuidado: de sus hijos, de un padre enfermo, de un familiar con discapacidad o de un adulto mayor que dependía de ellas para seguir adelante. Lo han hecho sin contrato, sin salario, sin descanso y sin una sola semana reconocida para su pensión.
Y cuando llega la vejez, esas mismas mujeres que sostuvieron hogares completos terminan enfrentando la pobreza y el abandono institucional. Ese es el retrato más crudo de una injusticia que el Estado ya no puede seguir aplazando. El trabajo de cuidado no remunerado es trabajo real. Son jornadas interminables, carga física y emocional, conocimiento acumulado, responsabilidad que no admite errores. Si ese trabajo se pagara en el mercado, representaría cerca del 20 % del PIB de este país. Y aun así, para efectos pensionales, esas décadas de vida desaparecen como si nunca hubieran existido. La situación es más grave en los sectores populares y rurales. Muchas mujeres han trabajado toda la vida, pero en oficios informales, por días, o con empleos intermitentes que apenas suman unas semanas cotizadas. Llegan a los 60 años sin ingresos propios, sin red de apoyo y dependiendo de los demás para sobrevivir. Reconocer semanas de cotización por las labores de cuidado no es un premio. Es justicia. Justicia con nombre propio. Justicia con rostro de mujer. Justicia con historias que han sostenido silenciosamente a este país. Otros países ya avanzaron: Uruguay, Chile, España. Colombia tiene la obligación moral y jurídica de seguir esa ruta. Reconocer semanas por hijo criado, por años dedicados al cuidado de personas dependientes, y abrir caminos reales para que las mujeres cuidadoras accedan a una pensión digna. La Ley 2281 de 2021 dio un primer paso, pero no basta. Se necesita una reforma pensional con perspectiva de género, una que deje claro que el cuidado no es un favor ni una extensión del rol doméstico, sino un aporte estructural a la economía y al bienestar colectivo. Una reforma que entienda que detrás de cada profesional exitoso, de cada empresa próspera, de cada proyecto que avanza, hay mujeres que hicieron posible esa historia. Y junto al reconocimiento pensional, se requieren políticas públicas de redistribución: un sistema nacional de cuidado accesible y de calidad, licencias parentales igualitarias, flexibilidad laboral real y campañas que desmantelen la idea de que cuidar es destino femenino. Los hombres también tienen una responsabilidad que no pueden seguir delegando. Las mujeres cuidadoras de Colombia merecen algo más que gratitud simbólica. Merecen seguridad económica, dignidad en la vejez y el reconocimiento social de que su trabajo sostuvo vidas, sostuvo hogares y sostuvo este país entero. El cuidado levantó generaciones; ahora es el Estado quien debe levantar a las mujeres que han hecho posible ese camino.