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Opinión

El circo infinito

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
7 de diciembre de 2025

Yo le hubiera puesto este título, pero él prefirió llamarlo El circo del infinito, su libro autobiográfico en el que relata el origen huilense de sus antepasados, su nacimiento en Girardot y el cultivo de una vocación que finalmente cristalizó en la Universidad del Rosario, donde se hizo médico y cirujano, y por la cual profesa una gratitud inabarcable.

El doctor Gustavo Quintero Hernández, con una voluntad férrea que a veces flaqueaba debido a unos diablillos dostoievskyanos que lo acompañaban y a un Edipo insuficientemente resuelto, según piensa él, fue el maestro de ceremonia de su propia vida, alcanzando así todo lo que se propuso en el campo de la cirugía, faltándole solamente, porque la existencia suele tener algunos vacíos inexplicables, la presencia de un amor que se hubiera prolongado en el tiempo con sus rutinas inevitables y sus dichas ambivalentes. La reminiscencia que hace de El amante de Lady Chatterley, la novela de D. H. Lawrence, es memorable. Su decisión de buscar nuevos horizontes lo llevó a Inglaterra, donde comenzó a estudiar el origen infeccioso de la gastritis y las úlceras, convirtiéndose al cabo en uno de los pioneros del trasplante de hígado en Colombia, cuyo legado educativo, junto con el del doctor José Félix Patiño, quedó materializado en la creación de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes. Menuda herencia. El dolor, sin embargo, acompaña a los grandes hombres como una sombra. La madre del doctor Quintero, quien consultó por un trauma de cadera, terminó siendo operada de la vía biliar para dilatarle el colédoco, con tan mala fortuna que le perforaron el duodeno y surgió entonces la temible peritonitis, con su sepsis secundaria, que terminó con sus días. Hace 20 años conoció a Hwang Woo-Suk, el coreano que presumía de haber creado un embrión humano clonado en un tubo de ensayo, algo que luego fue desvirtuado, con lamentables consecuencias para el científico asiático; más tarde tuvo nexos profesionales con Jack Szostak, el biólogo molecular inglés que estudió la telomerasa, la enzima que podría explicar la longevidad. Así y todo, el doctor Quintero tuvo tiempo para viajar y admirar, por ejemplo, la cultura japonesa y el Irán previo a los ayatolas. Y todas estas cosas ocurrieron, como derivadas de un extraño designio astrológico, casi siempre alrededor de los lunes de su cumpleaños. ¿Qué tal? *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.