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Opinión

El Cielo en Planeta Rica

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
29 de noviembre de 2024

El XIII Concurso Nacional de Bandas vibró con música y emociones. Entre porros y serenatas, la noche celebró la tradición musical colombiana, culminando en un amanecer inolvidable.

Por Ensuncho De La Bárcena A las 9.20 suena el primer porro de la noche. La Nueva Generación de Chochó abre el telón del XIII Concurso Nacional de Bandas con Río San Jorge. Estoy sentado, pero en el aire. Como solo de trompeta ante la provocación de un bombardino. Arriba del escenario, en un sueño de blancas, redondas, musas, negras, fusas y corcheas. Gracias a la invitación del maestro Miguel Emiro Naranjo Montes, quien le da nombre al certamen. Converso con el alcalde de la ciudad, don Ramón Calle Cadavid, y con su esposa, doña Margarita Caldera Oyola. A las 10.42 el maestro y el alcalde bajan a saludar al jurado calificador, un trío de lujo: Julio Castillo, Bruno Paternina y el maestro Carlos Piña. Suena Mi vieja Montería, gracias a Los Raicilleros de Planeta Rica, dirigidos por Miguel Ángel Naranjo. Un poco después de la medianoche, las trece bandas concluyen su participación en la primera ronda. Me encuentro con el profe William Caldera y me presenta una mujer a la que he visto en un lugar profundo de mi ensoñación. Cuando el alma abre sus alas, durante el sueño, nos regresa a lugares que nunca hemos dejado. A las 12.54 le pido al primo Leo Bárcena Piña que me haga una foto con tres grandes de nuestra música: Elvira Piña, Miguel Emiro Naranjo y Carlos Piña. Con ellos está Nando Piña, el primo recién conocido. A la 1.07 doy vivas a Planeta Rica. Suenan Los sabores del Porro del gran Pablito Flórez. Sube al escenario la esperada orquesta del maestro Juan Piña, el sanmarquero más conocido del mundo. La Plaza de La Candelaria corea y baila sus bellas canciones. En mitad del show hace subir a sus hermanos Carlos y a Elvira para recordar los comienzos de los años 60, cuando alegraban la orquesta de su padre, "Juan Piña y sus muchachos". El espectáculo es al tiempo alegre y nostálgico, sobre todo para los que nacimos en el siglo pasado. Después del concierto atiendo la invitación del primo Miguel Emiro y me hospedo en su casa. Son las 3.30 a.m. y el cuerpo merece descanso. Despierto en el Paraíso. Suenan los compases iniciales de un porro y tardo en saber dónde estoy. Es una serenata. Es la alborada. Vuelvo al cuerpo. ¡Es Río Sinú y estoy en la casa de su compositor! Me levanto. En la cama de al lado, el maestro duerme un sueño profundo. Intento despertarlo, pero no responde. Voy hacia la ventana, donde ya está la musa del amanecer. Es La Valerosa de Santa Cruz de Mompox. Poesía sublime. Sagrada. Real.