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Opinión

El Caribe y su propósito: identidad productiva de una nueva Colombia

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
8 de octubre de 2025

El Caribe colombiano tiene los elementos de una estrategia emergente: ubicación geográfica privilegiada, puertos en expansión, suelos fértiles, recursos hídricos, cultura emprendedora y vocación agrícola.

En el Caribe colombiano la tierra aún huele a posibilidad. Desde los cultivos de coco, mango, cacao y marañón en Córdoba hasta los de banano y café en La Guajira, el paisaje rural guarda una promesa que el país no ha sabido escuchar. No se trata solo de productividad: se trata de identidad. Porque, como advierte Alejandro Salazar en Colombia ganadora, toda estrategia —sea de un país o de una región— comienza por responder una pregunta simple y profunda: ¿quiénes somos y para qué existimos? El Caribe no puede seguir viéndose como la periferia del desarrollo nacional. Es una región con voz, con historia, con territorio y con talento. Pero también con una urgencia: definir su propósito productivo en el siglo XXI. Hoy, cuando el mundo busca alimentos tropicales sostenibles y las cadenas de valor se reorganizan hacia la cercanía de los mercados de alto valor, el Caribe tiene todo para ser el nuevo eje agroindustrial de Colombia. Lo que falta no son condiciones naturales, sino visión compartida. Durante demasiado tiempo, el país miró su desarrollo desde la cordillera. La estrategia, los recursos y las decisiones se concentraron en el altiplano, mientras las costas quedaron atrapadas entre la informalidad y el olvido. Sin embargo, los datos demuestran que el futuro puede germinar en el Caribe. La FAO estima que la demanda global de frutas tropicales crecerá más del 40 % hacia 2035; el Banco Mundial calcula que América Latina podría duplicar su participación en exportaciones agroindustriales si consolida polos logísticos en el Caribe; y la OCDE advierte que Colombia aún invierte menos del 0,5 % de su PIB agropecuario en investigación y desarrollo. En esa brecha —entre lo que somos y lo que podríamos ser— se esconde la verdadera oportunidad. El Caribe colombiano tiene los elementos de una estrategia emergente: ubicación geográfica privilegiada, puertos en expansión, suelos fértiles, recursos hídricos, cultura emprendedora y vocación agrícola. Desde las sábanas de Sucre hasta el Magdalena medio, las cadenas de coco, marañón, cacao, papaya, mango y palma pueden convertirse en motores de transformación si se articulan con innovación, valor agregado y logística moderna. La ciencia aplicada, la formación rural con enfoque tecnológico y las alianzas público-privadas son los fertilizantes de esa nueva etapa. Pero nada de eso ocurrirá sin propósito. Salazar lo resume con claridad: los países y las regiones que no definen su identidad acaban repitiendo estrategias ajenas. Y eso ha ocurrido en buena parte del Caribe: imitamos modelos centralistas o miramos hacia fuera sin construir desde adentro. El desafío es cambiar la narrativa: pasar del “Caribe rezagado” al “Caribe con rumbo”, de la queja a la propuesta, del discurso asistencialista al diseño estratégico. Ese propósito debe partir de reconocernos como lo que realmente somos: una región caribeña con proyección norteamericana, conectada con los grandes flujos marítimos del comercio mundial y con vocación de abastecer a los mercados del norte. Cartagena, Barranquilla y Santa Marta no son solo puertos; son plataformas logísticas de una nueva ruralidad productiva. Si fortalecemos sus corredores agrícolas y encadenamos su producción a industrias transformadoras, el Caribe podría convertirse en el corazón agroexportador del país. Las cifras acompañan esa visión. Según el DANE, los departamentos costeros concentran más del 22 % de la producción agropecuaria nacional, pero menos del 10 % del valor agregado industrial. Eso significa que aún exportamos lo que otros transforman. Invertir en agroindustria, en investigación aplicada y en infraestructura logística no es un lujo: es la forma más coherente de traducir identidad en competitividad. El Caribe tiene algo más valioso que los indicadores: tiene carácter. Una mezcla de resiliencia, creatividad y sentido comunitario que puede convertirse en la base de un modelo propio de desarrollo. Esa identidad, anclada en la agricultura, el conocimiento y la integración territorial, es la que debe guiar la estrategia emergente del Caribe colombiano. No se trata de competir con el centro del país, sino de complementarlo; no de reclamar, sino de construir una visión compartida de nación desde la diversidad regional. El Caribe no es la orilla de Colombia: es su puerta al futuro. Si logramos reconocernos como región con propósito —agroindustrial, logística y sostenible—, podremos transformar la identidad en estrategia y el potencial en prosperidad. La historia nos ha mostrado lo que fuimos; ahora es tiempo de decidir lo que queremos ser. Y quizás la respuesta esté ya sembrada en nuestras tierras: basta con regarla con propósito y ciencia para verla florecer. Nota: Esta columna es inspirada en el libro “Colombia ganadora, una estrategia emergente” de Alejandro y Sebastián Salazar