
El ayuno

El ayuno va más allá de la comida. Es una propuesta para abstenerse de acciones dañinas, palabras que hieren y pensamientos que corrompen la integridad personal y social.
Por Glenda K. Fuentes Ayunar. Una palabra que para muchos trae a la mente imágenes de sacrificio, de abstenerse de alimentos, de pasar hambre como un acto de fe o purificación. Sin embargo, el ayuno puede trascender lo físico y llevarnos a un lugar mucho más profundo: un ayuno de los actos que dañan, especialmente aquellos que corrompen nuestra integridad y la de nuestra sociedad. No es solo cerrar la boca ante el plato de comida; es silenciar nuestra lengua cuando estamos llenos de palabras que no construyen, que no edifican. Es detenernos antes de criticar, juzgar y murmurar. Es entender que cada palabra tiene el poder de sanar o de herir, de iluminar o de oscurecer. Pero también es mucho más que eso: es decir "no" cuando se presenta la oportunidad de participar en actos corruptos y dañinos. El ayuno que propongo hoy es el de la mente, el corazón y las manos. Es una invitación a desintoxicarnos no solo de las emociones que nos envenenan el alma, como la envidia, el rencor y la arrogancia, sino también de las acciones que nos deshumanizan y que despojan a los más vulnerables de sus derechos. Es dejar de lado la satisfacción que a veces sentimos al ver a alguien más caer y rechazar la tentación de apropiarnos de lo que no nos pertenece. Es mirar con ojos de compasión, de empatía, entendiendo que lo que hacemos puede ser una carga más o un alivio para los demás. Pero este tipo de ayuno no es solo dejar de hacer el mal; es también comenzar a hacer el bien. Es decidir, conscientemente, alegrarnos de la justicia, del éxito de otros. Es practicar el arte de la gratitud, los cumplidos. Es entender que la abundancia no es un pastel que se reparte en pedazos finitos, sino una corriente infinita que fluye para todos, no solo para unos cuantos. Nada hacemos con largas horas de oración, de repetición y de abstención de alimentos si nuestros actos y pensamientos están llenos de contaminación. Así que te invito a un ayuno que desintoxique, que libere todo aquello que pesa, que oscurece, que corrompe el espíritu y el entorno. Ayuna de pensamientos oscuros, de las palabras que no suman, del ego, de las acciones que destruyen la confianza, los derechos y la justicia. Y, en su lugar, llénate de coherencia, de tolerancia, de respeto y de integridad. Porque al final, el ayuno es aquel que transforma no solo nuestro cuerpo y nuestra alma, sino también la familia y la sociedad en la que vivimos. No se trata de una religión, de una ritualidad, de quién tiene la verdad y está en el lugar "correcto"; se trata de practicar la abstención genuina, incluso de aquello que nos gusta y creemos que necesitamos, como acto de amor propio y amor hacia los demás.