
El arte de complicarse la vida

La vida, per se, ya es compleja. Fingir lo contrario es ingenuo y dramatizarla innecesariamente, también es una forma de laceración.
Por Susana Viera La vida, per se, ya es compleja. Fingir lo contrario es ingenuo y dramatizarla innecesariamente, también es una forma de laceración. Entre esas dos orillas —la negación y el positivismo tóxico— se juega buena parte del desgaste emocional contemporáneo. Nos complicamos no solo por lo que ocurre, sino por lo que agregamos: expectativas irreales, cargas que no nos corresponden, miedos anticipados, ilusiones mal entendidas y una resistencia casi existencial la sencillez. Hay una confusión frecuente que conviene aclarar desde el inicio: complicarse no siempre es amargarse, pero suele ser un atajo eficaz hacia ello. Hay personas que convierten el drama en identidad, puede ser que la intensidad les da la ilusión de profundidad. Sin conflicto no saben quiénes son y sin crisis no se reconocen. Sin percatarnos, terminamos creyendo que todo será difícil, volviendo inevitable sentirnos víctimas o héroes frente a la tormenta. Miguel Ángel decía que esculpir consistía en quitar lo que sobraba. La figura ya estaba ahí, el trabajo era retirar el exceso. Tal vez la vida funcione igual. No se trata de añadir más (más logros, más vínculos, más exigencias) sino de aprender a restar. Restar lo que pesa, lo que distrae, lo que no somos. Uno no se construye acumulándose, se esculpe decidiendo, y decidir es el verdadero poder. A muchos parece complacernos el sabotaje. Pronosticamos desgracias, ensayamos escenarios imaginarios en contra y lo hacemos, a veces, de forma tan sofisticada que no logramos detectarlo. La psicología lo ha llamado “el saboteador interior”, una idea cercana a lo que Carl Jung describió como“la sombra”esa voz que exige más de lo que podemos dar y luego nos castiga por no cumplirlo. Asumir más de lo que podemos no es responsabilidad, es soberbia encubierta. En cambio, decidir conscientemente qué sí y qué no asumimos construye carácter. Forjar carácter no elimina las dificultades, pero las vuelve habitables. Bajo situaciones críticas aprendemos a valorar lo esencial: la calma, el tiempo, los vínculos sinceros, la suficiencia, la imperfección. Es fundamental, superar lo que no podemos ser, esa renuncia silenciosa, es una liberación existencial. Nos ahorra comparaciones, nos devuelve energía y, sobre todo, nos descomplica la vida Decir NO a otros y a nosotros mismos, es una herramienta útil. No es rechazo, es criterio. No es dureza, es autocuidado. Y aceptar que “suficientemente bueno” es sano, como planteó Donald Winnicot. Son necesarios los límites a la perfección nociva, esa que nunca satisface y siempre exige un poco más. Reducir expectativas utópicas no empobrece, multiplica. Menos ruido, más dirección. Menos drama, más vida. Y no se trata de huir o disfrazar la realidad, es aprender a vivir sin adornos innecesarios. Porque el verdadero arte, el más difícil, no es complicarse la vida, sino aprender a quitar lo que sobra.