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Opinión

El algoritmo y el fonendoscopio. Cuando el talento en salud decide ser viral y no veraz

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
26 de noviembre de 2025

En los últimos años ha aparecido un personaje cada vez más visible en el ecosistema digital, un profesional de la salud convertido en influencer. No hablo del educador serio que usa las redes como extensión de su consultorio, sino del nuevo "experto" que empieza con buenas intenciones y termina atrapado en un ciclo de viralidad que acaba su credibilidad.

El fenómeno es simple. Al comienzo, estos profesionales publican contenidos razonables: explican, contextualizan, traducen. La audiencia responde, crece, valida. Pero la validación tiene un costo, se vuelve exigente. Un contenido sensato no compite con la euforia del escándalo. Y el algoritmo no premia la prudencia, premia la polémica. Así, lo que empieza como divulgación termina en un juego de incentivos perversos, cada publicación debe ser un poco más urticante que la anterior para no desaparecer. Es ahí donde muchos cruzan la línea. El profesional, acostumbrado a un entorno donde el rigor es obligatorio, entra a otro donde la recompensa llega por exagerar, simplificar o dramatizar. Y cuando la viralidad llega por un comentario polémico, aunque técnicamente flojo, es fácil convencerse de que "funciona". Entonces repite, después insiste, y ya queda atrapado. A este ciclo se suma otro actor, los cazadores de errores. Otros influenciadores cuyo contenido se basa en exponer frases ridículas o afirmaciones cuestionables. No lo hacen por rigor técnico; lo hacen porque también genera vistas. El resultado es que la información se degrada por ambos lados, unos por querer ser virales, otros por querer desenmascararlos. Ninguno produce valor real; ambos alimentan la misma maquinaria de espectáculo. Mientras tanto, el público queda en el medio. Confía en profesionales que ya no hablan como profesionales. Se burla de quienes antes respetaba. Consume desinformación empaquetada como opinión experta. Y pierde, poco a poco, la capacidad de distinguir qué afirmaciones nacen de la evidencia y cuáles nacen del hambre de atención. El daño mayor no es a la reputación individual, aunque también, sino a la del sector. Una sociedad que ve a médicos, enfermeras o especialistas caer en este juego concluye que la salud también es un show, un terreno donde cualquiera dice cualquier vaina sin consecuencias. La autoridad profesional no se construye con algoritmos, sino con criterio, y la línea entre educar y entretener a toda costa es más delgada de lo que parece. En redes se puede ser claro, ágil, incluso provocador. Pero el día en que un profesional de la salud necesita una polémica para ser escuchado, ya no está educando, está compitiendo por ser el centro de atención.