
El aguacero en el que todos se quieren bañar

Tras las elecciones, el autor felicita a ganadores y perdedores. Destaca la importancia de la participación ciudadana y un gobierno equitativo, invitando a la reflexión sobre el futuro.
Por José Armando Benítez Tuirán Hoy los pueblos están divididos en ganadores y perdedores. No me refiero solo a los que aspiraron al concejo o a la alcaldía sino a todos aquellos que hicieron campaña a un familiar, amigo, vecino o conocido. A todos los que se la jugaron para que sus candidatos resultaran elegidos. A los ganadores; felicitaciones. A los que van a recibir una dignidad pública en enero les invito a trabajar por sus comunidades, no solo por quienes les votaron. Que todo ese ímpetu mostrado en la contienda continúe ahora en el día a día de lo que será su labor pública y que pronto la gente comience a ver los resultados de su gestión. A los equipos de campaña y simpatizantes, los exhorto a que, así como contribuyeron de manera tan activa en el triunfo de sus candidatos, sigan participando en la construcción del nuevo gobierno que regirá los destinos del pueblo durante los próximos cuatro años. Es responsabilidad de ustedes que, quienes ustedes llevaron al poder, respondan a la ciudadanía con una buena administración. A ustedes perdedores. A quienes se aventuraron a apoyar una opción que terminó siendo derrotada el domingo, a ustedes que son la cara triste de estas elecciones, también quiero felicitarlos. Esta felicitación no es una muestra de consuelo sino un elogio a la gallardía y a la coherencia por hacer valer unas ideas y una manera de gobernar que ustedes consideraron, merecían llegar al poder. Para que las elecciones municipales sean un ejercicio realmente democrático tienen que dejar de ser esa contienda que nadie quiere perder, deben dejar de ser ese aguacero en el que todos nos queremos bañar y tienen que comenzar a ser un proceso serio en el que los liderazgos, las lealtades y la decencia dejen de estar en venta. La democracia se nutre de la confrontación. No confrontaciones personales, sino de ideas, de visiones de gobierno o modelos de administración. Pero estas opciones no pueden estar supeditadas a la premisa de tener que imponerse, debe bastar con hacerlas valer, con presentarlas al pueblo para que sea la ciudadanía quien elija. Ganar no puede significar imponerse al más débil. Y en la celebración no puede haber cabida a la burla, la humillación o el menosprecio por los perdedores. Ganar debería ser un aguacero que bañe a todo el pueblo. Demuestren los que ganaron, gobernando con equidad, que su triunfo es para todos y no para unos cuantos.