
El agro: el motor que Colombia aún no termina de encender

En un país donde los debates económicos suelen girar en torno a la industria y los servicios, el campo colombiano sigue siendo el gran olvidado… aunque sostiene buena parte del crecimiento nacional. Según el Dane, mientras el Producto Interno Bruto del país creció un 2,4 % en el primer semestre de 2025, el sector agropecuario lo hizo al 5,3 %, más del doble. En 2024, cuando la economía apenas avanzó un 1,7 %, el agro creció un 8,1 %. En otras palabras, mientras muchos motores se apagaban, el campo mantuvo encendido al país.
Y, sin embargo, la política pública no lo trata como tal. Seguimos hablando del agro como si fuera un tema social o asistencial, no como un sector estratégico de desarrollo, empleo e innovación. El agro es hoy el segundo generador de empleo en Colombia, después del comercio, y uno de los pocos con capacidad real de integrar regiones, diversificar exportaciones y dinamizar economías locales. Pero su potencial sigue limitado por una estructura de financiamiento débil, una infraestructura insuficiente y una institucionalidad dispersa. Las cifras son elocuentes. Entre enero y septiembre de 2025, las exportaciones agropecuarias, de alimentos y bebidas alcanzaron 11.300 millones de dólares, un aumento del 36 % respecto al año anterior, y representaron casi una tercera parte del total de las ventas externas del país. En septiembre, las exportaciones de café crecieron un 83 %, y las de palma superaron el 170 %. Aun así, buena parte del territorio rural continúa sin vías adecuadas, sin electrificación suficiente y sin acceso a crédito competitivo. ¿Cómo puede un país que exporta frutas, flores y aceites al mundo seguir teniendo campesinos que no pueden sacar su producción del corregimiento al puerto? El crecimiento del agro no puede seguir siendo un logro inercial. Es urgente consolidar una agenda nacional de productividad y valor agregado, que articule la ciencia agrícola, la inversión privada y la acción pública en una misma visión de largo plazo. Hoy tenemos ejemplos inspiradores —como la transformación del coco en el Caribe, la tecnificación del aguacate en Antioquia o la expansión de los frutos amazónicos—, pero siguen siendo islas de éxito en un océano de rezago. Colombia necesita pasar del discurso del "campo como oportunidad" al campo como estrategia de país. No basta con celebrar que el PIB agropecuario crezca; hay que preguntarse qué tipo de crecimiento estamos promoviendo. ¿Estamos transformando materias primas o seguimos exportando sin valor agregado? ¿Estamos formando jóvenes rurales, o seguimos envejeciendo el campo? ¿Estamos construyendo infraestructura productiva o simplemente administrando proyectos de corto plazo? El agro no puede depender del ciclo político. Cada gobierno llega con su propio programa, su propio lenguaje y sus propios incentivos, y al final lo que se pierde es continuidad. El país necesita un pacto estructural por la productividad rural, donde el Estado, el sector privado, la academia y los productores se comprometan a trabajar bajo una misma hoja de ruta. No un pacto de discursos, sino de inversiones, innovación y resultados medibles. La competitividad rural no se decreta: se construye. Se construye con vías terciarias transitables, con sistemas de riego eficientes, con investigación agrícola adaptada al trópico, con crédito inteligente y con empresas que apuesten por alianzas público-privadas de largo plazo. El relevo generacional rural, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad no se lograrán con subsidios temporales, sino con ecosistemas productivos sólidos, modernos y rentables. El agro colombiano está demostrando que puede crecer incluso sin condiciones ideales. Imagínese lo que podría lograr con ellas. Si hoy, con escasa inversión en I+D, con brechas tecnológicas y con poca infraestructura, el sector aporta más de medio punto al crecimiento del PIB nacional, ¿qué pasaría si realmente lo tratáramos como un sector estratégico de innovación y futuro? La coyuntura internacional también exige decisiones audaces. Los posibles aranceles de Estados Unidos sobre productos agrícolas colombianos son una advertencia: necesitamos diversificar destinos y fortalecer nuestras cadenas internas de valor. No podemos seguir dependiendo de un solo mercado ni de un solo tipo de producto. Desde estas páginas reiteramos una convicción: el futuro económico de Colombia se cultiva en su campo. No en los discursos, sino en la tierra, en la ciencia aplicada, en los productores que resisten, en las empresas que innovan y en las alianzas que crean impacto real. El crecimiento del agro no debe ser un dato de coyuntura, sino el pilar de una nueva economía verde, sostenible y competitiva. Colombia tiene en el agro su mayor posibilidad de desarrollo inclusivo. Lo que falta no es talento ni territorio, sino una decisión política y empresarial de convertir la ruralidad en una causa nacional. Porque en cada hectárea cultivada con conocimiento y propósito se siembra más que alimento: se siembra país.