
Egolatría moral

Entre los diferentes trastornos de la personalidad, hay unos congénitos y otros adquiridos. Todos son incurables. El más conocido es el narcisismo, que se desarrolla en múltiples ambientes y circunstancias, aupado por las correspondientes influencias exogenéticas, y se caracteriza, como otras veces se ha dicho, por la megalomanía, que consiste en que el afectado se cree el centro del universo y, por tanto, se asume a sí mismo como un ser omnímodo y omnisapiente.
Como ha podido comprobarse en el caso de los líderes afectados por dicho mal, ellos tienen ideas delirantes, solo escuchan su propia voz, se autocelebran constantemente y reaccionan con brusquedad ante quien ose contradecirlos. Por supuesto, no aceptan la crítica razonada ni los argumentos persuasivos: ellos son "la verdad y la vida", y por eso es inútil tratar de convencerlos de la necedad de sus lunáticas pretensiones, ajenas a la razón y el buen juicio. Pero hay un trastorno relativamente novedoso en el concierto del diagnóstico psiquiátrico, que ha venido floreciendo como el rasgo prominente de ciertas personalidades, quienes reclaman su derecho al consentimiento público a partir de una presunta superioridad moral que se funda en una vana asepsia política, no contaminada de las inevitables contingencias de la vida. Posan de ser espíritus puros. Uno de ellos proclama que su valor moral deriva de que, desde sus comienzos, en busca del favor de la gente, solo ha apelado al volanteo y a no subirse a ninguna tarima con gente cuestionada. No hace alusión, sin embargo, a la tontería de irse a ver ballenas mientras el país decidía su destino cuatro años atrás, ni censuró acremente al mandamás actual cuando se hermanó en una plataforma con temibles criminales. La otra, mujer de actitud vociferante, también reclama una irrefutable superioridad moral debido a su "inmaculado" paso por la alcaldía de Bogotá, omitiendo que, como demostración de su personalidad veleidosa (se sabalea con mucha facilidad según sus conveniencias), hablaba de sus niños de la primera línea, a los que defendía desde su alto cargo, mientras los revoltosos, víctimas de supuestas inequidades, incendiaban el país con la falacia del estallido social, como si eso no la disminuyera moralmente. Ahí están los dos eximios representantes de la diamantina moral pública, cuyas actitudes parecen reflejar más bien una dudosa mezquindad y un excesivo amor propio, sin pasar del 3% en las encuestas.