
Duquesa de Macondo

Duque es una persona cercana a Su Majestad, con el título nobiliario más alto, inmediatamente superior al de Marqués.
En un Reino de verdad, un ducado es un territorio sobre el que recae el título de Duque o en el que este ejerce su jurisdicción. Así mismo es una moneda de oro de variable valor que se usó en España hasta fines del siglo XVI. Duque es una persona cercana a Su Majestad, con el título nobiliario más alto, inmediatamente superior al de Marqués. Por su parte, un Marqués es el señor de una tierra que está en la marca del Reino, una persona con el título nobiliario superior al de Conde. Un Conde es una persona que se ocupa de asistir y acompañar a un gran señor. En la escala de títulos nobiliarios, está por encima del Vizconde y del Barón, siendo este último una persona que tiene gran influencia y poder dentro de un partido político, una institución o una empresa. Desde tiempos inmemoriales, en el Reino del Caribe existe un lugar llamado Macondo que se encuentra en los límites de la realeza con la ficción. Es un territorio mítico, pero real, ubicado entre la Sierra Nevada de Santa Marta, la Ciénaga Grande y la Mar. Los geógrafos de este mundo no son capaces de darnos sus coordenadas exactas, ni los historiadores se atreven a definir sus causas, mucho menos sus consecuencias. Lo que sí conocemos sus habitantes con precisión inaudita es de la existencia de una brillante dama que ejerce su poderío en él, con tal humildad y sabiduría que las olas del Caribe llegan todas las mañanas a rendirle tributo con un aroma de flores de otro mundo. La Duquesa de Macondo heredó el título de su padre, un hombre de todas las épocas y de todos los reinos que es capaz de retratar el alma de los seres, los paisajes y los objetos. Nació este gran señor a lomo de yegua, en cercanías de una población conocida por los salamanqueros, porque su nombre les recuerda una antigua palabra mágica: Aracataca. La biografía del Gran Duque de Macondo estuvo señalada por las estrellas. Desde muy joven fue aficionado a las artes, el dibujo en particular. Muy poco después de cumplir los 20 años llegó a sus manos una máquina que era capaz de detener el tiempo para eternizarlo en una imagen. Decidió, cámara en mano, adoptar el nombre con el que sería conocido por las eras y que explica su misión en este mundo de belleza y tragedia: Leo Matiz. Desde hace medio siglo su hija tomó conciencia del título que heredaría y, por lo tanto, aceptó el reto de defender su legado con grandeza. No es gratuito que se llame Alejandra.