
Doña Saray

Doña Saray Castilla de Bechara, recordada por su labor educativa y su amor por la familia, dejó un legado imborrable en Córdoba. A seis años de su partida, su memoria sigue viva.
Por Arianna Córdoba Díaz Un arreglo floral exquisito e inmenso, que con dificultad ingresó por la puerta de la casa, recibieron mis padres en abril de 2014, cuando cumplieron 50 años de casados. Lo envió doña Saray Castilla de Bechara en nombre de su familia. Nosotros nos sorprendimos con el significativo detalle, pues esas maravillosas bodas de oro las habíamos celebrado de manera muy íntima. Ella se había enterado casualmente de este acontecimiento reservado para un reducido círculo familiar. Cuando le agradecimos a doña Saray por el inesperado presente, ella, con la suavidad de sus palabras y la firmeza de sus convicciones, nos dijo que lo había hecho porque mis padres habían mantenido y consolidado lo que, para ella, era primordial: una familia unida y ejemplar. Sí, así era doña Saray: inesperada, sabia y contundente, además de detallista, claro está. La dama recordada, la que aún se extraña y de quien precisamente ayer se conmemoraron seis años de su fallecimiento. Aunque ya no está en este plano terrenal —aunque suene a frase de cajón—, dejó tantas enseñanzas y gestionó obras tan significativas de beneficio para la sociedad que, al menos en el departamento de Córdoba, su memoria sigue viva. Sí, ella, nortesantandereana de nacimiento, pero cordobesa de corazón, se entregó en cuerpo y alma a lo que podría considerarse la gesta de la educación superior en el departamento. Si bien esta fue liderada por su también excepcional esposo, el doctor Elías Bechara Zainúm —fundador de la Universidad de Córdoba y de la Universidad del Sinú—, ella se convirtió en el motor que impulsaba las ilusiones de su consorte. De alguna manera, él les daba alas a sus sueños y ella los hacía volar. Cuánto le habría emocionado, en este 2024, a esta mujer de fina figura, amante de las artes, con alma de poeta e incansable trabajadora, ver a su hija consentida, la Universidad del Sinú, cumplir sus primeros 50 años. Y los cumplió más que bien: saludable, moderna, con reconocimiento, con miles de egresados y con acreditación institucional de alta calidad. Su labor no se limitó a propender por la fundación y el fortalecimiento de la universidad ni a trabajar hombro a hombro junto al doctor Elías. La sensibilidad de doña Saray y su característico ingenio para lograr posible lo que para otros es imposible la inspiraron también a crear una escuela de artes en nuestro territorio. Un centro de formación en música universal que, la verdad, genera impacto y que hasta ha fructificado en una orquesta sinfónica de niños, un coro de cámara, una orquesta de violines y un coro de niños cantores. Habrá más, mucho más que exaltar de esta dama excepcional, pero me quedo con su sensibilidad. Pues, pese a sus logros, reconocimientos, proyectos, obras y demás, no dejaba de valorar a la familia como núcleo de la sociedad. Así lo hizo con la mía y lo hacía con todas las demás.