
Don Nicolás y Carolina

La reforma de salud de Carolina Corcho, que busca eliminar las EPS y estatizar el sistema, revive el debate sobre la eficiencia y el rol del sector privado. ¿Es viable ante la corrupción y la experiencia fallida del pasado?
Por Álvaro Bustos González* Volvió Carolina Corcho por la puerta de atrás con su obcecada reforma a la salud, la que sólo busca acabar con las EPS, es decir, eliminar el capital privado del aseguramiento en salud y estatizarlo todo, una experiencia que ya vivimos y que resultó fallida porque "lo público", en manos de los políticos y en una sociedad con elevados niveles de corrupción, como la nuestra, siempre termina convertido en cenizas. Ya nos había dicho don Nicolás Gómez Dávila que los revolucionarios no destruyen, a la postre, sino lo que hacía tolerable las sociedades contra las cuales se rebelan. Tal cual. Un sistema que venía sirviendo y que es susceptible de mejoría, no debe ser sepultado de un plumazo ni con el gradual chu chu chu, simplemente porque un dogma ideológico, que no tiene arraigo en ninguna parte del mundo, excepto en las dictaduras comunistas, suficientemente liberticidas y antihumanas, así lo impone. Eso que ellos llaman medicina preventiva no es tal. No se trata de llenar el país de los tales Centros de Atención Primaria, porque ello, per se, no previene ni resuelve nada. La capacidad resolutiva del médico general hoy en Colombia es casi nula, y eso lo saben quienes trabajan en los hospitales y clínicas, a quienes les toca recibir, usualmente a la media noche, una cantidad sorprendente de remisiones absolutamente injustificables con el carácter de supuestas urgencias vitales. Que se trate de atender, aun en los más remotos lugares, a la mujer embarazada para prevenir los riesgos perinatales, es algo loable; que se fomente la alimentación al seno debe ser una obligación de todas las comunidades, al igual que imponer la obligatoriedad de las vacunas en la infancia y en la vida adulta. Pero eso no requiere acabar con las EPS, todo lo contrario. ¿Qué hacemos con la accidentalidad, si las motos andan como locas, y con la drogadicción, si ahora hay que respetar el "libre desarrollo de la personalidad"? ¿Y con los trastornos mentales y el suicidio? ¿Y con el desorden alimentario y el fatalismo de la herencia, que no perdona? Para eso no se necesita enterrar la positiva experiencia del pasado reciente. No seamos irresponsables. Habrá que concluir con la sabia ironía de don Nicolás Gómez Dávila, cuando dijo que a nosotros, los conservadores, sedentarios indiferentes a la moda, nada nos divierte más que el galope jadeante de los progresistas rezagados. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.