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Opinión

Docentes sin voz, universidades sin alma

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
1 de febrero de 2025

El respeto, base de toda relación, se vulnera en entornos jerárquicos. El abuso de poder, especialmente en instituciones educativas, silencia la crítica y daña la excelencia.

Por Glenda K. Fuentes El respeto no es un favor ni un privilegio reservado para unos pocos. Debería ser la base de cualquier relación humana, incluso en aquellas marcadas por el poder y la jerarquía. No se trata solo de lo que se dice, sino de cómo se dice. No es solo lo que se pide, sino cómo se pide. No es únicamente lo que se hace, sino cómo se hace. Cada día vemos cómo la dignidad se pisotea cuando quienes ostentan un cargo de liderazgo creen que su estatus les concede el derecho de atropellar a otros. Tener poder —ya sea en el ámbito académico, profesional o institucional— no debería ser sinónimo de abuso. Sin embargo, con frecuencia, se convierte en una herramienta para imponer, desacreditar o desplazar a quienes resultan incómodos. En lugar de liderar con justicia y equidad, muchos terminan creyendo que su posición les permite ignorar principios básicos de respeto y ética. Lamentablemente, ni siquiera los espacios dedicados a la enseñanza están exentos de esta realidad. El alma máter, ese lugar que debería ser sinónimo de formación, valores y crecimiento, muchas veces se convierte en un escenario donde las decisiones no solo responden a necesidades institucionales, sino a dinámicas personales donde la dignidad del docente queda en un segundo plano. Hasta el punto en que muchos docentes son tratados con desdén, como si fueran simples dispensadores automáticos de información en un mundo donde la inmediatez ha reemplazado el esfuerzo y la calidad. Se ha perdido el sentido de la educación como un proceso de transformación y se ha convertido, en muchos casos, en un simple trámite donde el mérito estorba y la mediocridad se acomoda. Grandes profesionales académicos han salido por la puerta trasera de instituciones universitarias, no por falta de méritos, sino por expresar una inconformidad, exponer vulneraciones de derechos, ser víctimas de chismes de pasillo, envidia o la inseguridad de quien dirige. Como ocurrió con la profesora Mónica Godoy. Acciones que llaman a la reflexión, y a la necesidad de defender la libre expresión y la libertad de cátedra, ampliamente reconocida por nuestra Constitución Política y la jurisprudencia constitucional. Es necesaria la capacidad crítica en las instituciones universitarias, no podemos permitir que se premie el silencio y se olvide que la academia debería ser el bastión del pensamiento libre y del conocimiento, de lo contrario seguiremos fallando como sociedad. El abuso en casos como estos no solo afecta a quienes lo sufren, sino que también deteriora un entorno que trasciende las aulas. Un sistema que lo tolera no solo normaliza la injusticia, sino que se corrompe a sí mismo, debilita la excelencia, desfigura la ética y siembra un precedente en el que el poder se convierte en un arma, en lugar de una herramienta de transformación. "El trato a quienes enseñan define la grandeza de quienes dirigen." —