
Disolución sociocultural

La adolescencia extendida y la "adulto-joven" edad exponen a los jóvenes a riesgos como accidentes, drogas y sexo. La falta de guía parental agrava la situación, reflejando una crisis social con consecuencias fatales.
Por Álvaro Bustos González* Hace algún tiempo corrieron los límites de la edad pediátrica, y un buen día nos encontramos viendo adolescentes hasta los 18 años con unas patologías que no eran las nuestras. Después nos enteramos de que, como un acto de progresismo constitucional, a partir de los 14 años se definió la existencia del adulto joven, cuyo albedrío ya podía decidir sobre temas de considerable envergadura, como la vida íntima, el consumo de estupefacientes y otras liberalidades que, años atrás, sólo se ejercían en la clandestinidad. El libre desarrollo de la personalidad, sin la orientación de padres previsivos y responsables, desbordó todas las hipótesis, y hoy, en el mundo democrático, los jóvenes suelen morir por tres razones principales: accidentes (diariamente llegan al hospital muchachos politraumatizados por choques en motos), drogas (no hay una semana en la que no ingresen adolescentes por crisis de ansiedad o síndrome de abstinencia) y sexo, con sus enfermedades derivadas. Es el carácter voluble de los zagalones, sus conductas imitativas y su poderoso estallido hormonal, que los hace sentirse dueños del universo, lo que los expone, independientemente de su genética y de su medio sociocultural, al abismo de la farmacodependencia y sus fantasmales laberintos. Es tan distante la relación de estos jovencitos con sus padres que, durante su hospitalización, quien los cuida no es su progenitor o progenitora sino su "pareja", un eufemismo que inventaron para quitarle al amor su sentido posesivo. Son tan conmovedoras sus noches y sus días, cubiertos con la misma sábana raída, que, cuando tienen discrepancias sobre su incierto futuro, uno de ellos, o ambos, optan por simular un intento de suicidio tomando cualquier cantidad de sustancias de enigmático efecto. Hace unos días una de ellas prefirió que le hicieran un lavado gástrico y le instilaran carbón activado antes de confesar que su supuesta ingestión de veneno había sido una pantomima para hacer sufrir a su "pareja". El eterno chantaje afectivo. Los servicios de pediatría, en aras del progresismo, se han convertido parcialmente en centros psiquiátricos y unidades de ginecología. El desarraigo de estos muchachitos, su vida sin sentido y sin una esperanza de redención, que sólo podría proveerles el amor de sus padres y la educación superior, no parece tener fondo. Quizá todo no sea más que la muestra inequívoca de la disolución social y cultural que nos asecha, cuyas devastaciones atestiguamos impávidos y resignados. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.