
Discurso para el Premio Guillermo Valencia Salgado

Un saludo muy especial para José Luis Garcés, autor a quien empecé a leer en la segunda mitad de los años ochenta y cuya obra me ha acompañado, con su lucidez y su ironía, desde entonces.
Quiero comenzar expresando mi agradecimiento a los organizadores de este premio, en particular a Mario Sánchez Arteaga, por la amable invitación a acompañarlos en esta celebración del periodismo cordobés. También a la Universidad Pontificia Bolivariana, que ha abierto sus puertas y ofrecido su hospitalidad para acoger este encuentro de palabra, oficio y memoria. Un saludo muy especial para José Luis Garcés, autor a quien empecé a leer en la segunda mitad de los años ochenta y cuya obra me ha acompañado, con su lucidez y su ironía, desde entonces. Y, por supuesto, mi gratitud a Carlos Marín Calderín, querido amigo y director de la feria Un Río de Libros: fue gracias a su invitación y a la de Mario Sánchez Arteaga que tuve el privilegio de venir a Montería y participar como jurado de este certamen que honra la memoria de Guillermo Valencia Salgado, una figura que supo fundir el amor por la tierra con la palabra precisa y la mirada amplia. Al compartir mis impresiones sobre los casi sesenta trabajos que Ariana Córdoba, Óscar Sánchez y yo tuvimos el gusto de leer, escuchar y ver, quiero hacer una aclaración necesaria: no pretendo, ni de lejos, comportarme como esos personajes de antaño que llegaban de Bogotá, veían dos o tres cosas y se sentían autorizados para dictar sentencias sobre una realidad que les era por completo ajena. No. Lo mío son, más modestamente, las observaciones de un viajero curioso, que vino por unos días al departamento, se sintió sorprendido y conmovido por lo que encontró, y regresa con la certeza de haber aprendido mucho más de lo que podía enseñar. La primera impresión que me dejaron los trabajos fue la presencia constante de la palabra «cordobesidad». En la mayor parte del país, los debates sobre la identidad regional han perdido vigor; sin embargo, aquí parecen seguir vivos, y no solo vivos, sino fértiles. Hay en las crónicas, los reportajes y los documentales una búsqueda insistente por definir qué significa ser cordobés ahora mismo. Quizá esa persistencia se deba a la sombra —brillantemente larga— de Orlando Fals Borda, con su trabajo en la Fundación Rosca y en la Unión Nacional de Campesinos, donde se forjó una manera de mirar el terruño desde adentro, desde sus propios protagonistas. O quizá también se trate de un movimiento de pleamar, una necesidad de afirmación después de los años difíciles de violencia que marcaron la historia reciente del departamento: una manera de oponer una imagen luminosa a ese pasado sombrío. Consecuencia de todo lo anterior es algo que también noté con claridad: el predominio de lo rural sobre lo urbano. Hay en las piezas un enorme interés por los campesinos, por la vida en los corregimientos y veredas, por la relación con la tierra y las aguas. Y, sin embargo, se echa en falta una mirada más amplia hacia la vida urbana, sobre todo en una ciudad como Montería que, como señala José Luis Garcés en uno de sus libros más emblemáticos, «pasó de la fábula a la posmodernidad sin escalas intermedias». La identidad cordobesa de hoy no está solo en los sembrados ni en los ríos, sino también en las calles, en los barrios, en las pantallas de los jóvenes, en sus músicas y en sus nuevas formas de narrarse. Es espléndido que sigan apareciendo el porro, Antolín Lenes, Manuel Zapata Olivella o David Sánchez Juliao —porque una sociedad que no explora y mantiene vivo su pasado no es viable—, pero eso no debería excluir o descuidar lo que está ocurriendo ante nuestros ojos. Aparte del bullerengue, ¿en qué están interesados los jóvenes del departamento? ¿Cómo ven el mundo quienes nacieron después del conflicto y crecieron en una Montería en expansión? Ojalá en las siguientes versiones del Premio encontremos respuestas para esas preguntas. La segunda observación tiene que ver con la reportería. Dicho de una manera general, en muchos trabajos aún falta esa indagación paciente y sostenida que distingue al periodismo de la mera opinión o del comentario ilustrado. Soy plenamente consciente de las dificultades: las carencias financieras, los obstáculos logísticos, la presión del tiempo, los riesgos de seguridad y la precariedad de los medios. Pero nada de eso debe hacernos olvidar que la esencia del oficio es la búsqueda genuina —sin dogmas ni preconcepciones— de la verdad de los hechos y de la complejidad del mundo en que vivimos. El periodismo es, en su mejor versión, una forma de curiosidad moral: exige salir, preguntar, escuchar, contrastar, poner en duda incluso lo que uno cree saber. Cuando eso ocurre, cuando el periodista logra mirar con ojos nuevos lo que parece conocido, se produce el milagro de la información que ilumina. Por eso, y pese a las observaciones anteriores, quiero subrayar lo alentador que nos resultó constatar la energía, la pasión y la sensibilidad de quienes participaron. Detrás de cada texto, de cada video, de cada pieza sonora, los juramos encontramos un deseo genuino de contar, de entender, de dejar testimonio. No hay oficio más noble que ese: el de quien, en medio del ruido y de la prisa, intenta poner en palabras la verdad de su tiempo. A todos los participantes, nuestro más sincero reconocimiento. Y a los ganadores, nuestras felicitaciones anticipadas. Recibir este premio que lleva el nombre de Guillermo Valencia Salgado no es solo un honor: es también una responsabilidad. Su legado —el rigor, la cercanía con la gente, la conciencia del territorio— debe seguir siendo guía y horizonte. Termino como empecé, con un mensaje de gratitud. Gracias otra vez a Mario Sánchez, por su confianza; a la UPB, por su hospitalidad; a José Luis Garcés, por tantos años de lectura fecunda; y a Carlos Marín Calderín, por la generosidad de su invitación y por haber hecho posible este encuentro con Montería, su gente y su periodismo. Si algo me llevo de esta experiencia es la convicción de que en Córdoba se escribe, se filma y se narra con una mezcla de orgullo y ternura, de memoria y esperanza. Y también, que aquí, más que en ningún otro lugar del país, las palabras aún conservan su raíz en la tierra. Mario Jursich, presidente del Jurado 2025