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Opinión

Diplomacia psicológica

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
8 de febrero de 2026

Aquí se recordó alguna vez lo que dijo Johann Wolfgang Goethe: "Gris es toda teoría; verde, el árbol frondoso de la vida"....

Aquí se recordó alguna vez lo que dijo Johann Wolfgang Goethe: "Gris es toda teoría; verde, el árbol frondoso de la vida". Qué difícil es que los individuos ideologizados, que llevan una doctrina incrustada en el cerebro como si fuera un credo religioso, entiendan que, en la vida, además de los ideales justos, existen realidades y diferencias intelectuales y morales entre los asociados que hacen imposible alcanzar el soñado "igualitarismo", una quimera más de las que inundan nuestros días. Ya se sabe que la igualdad, en esencia, gira alrededor de las oportunidades y de las leyes normativas. Una existencia de verdad no escapa a la variabilidad de las circunstancias ("Yo soy yo y mis circunstancias"), y en muchos casos hay que apelar a cierto pragmatismo, en especial cuando se ejerce el poder en cualquiera de sus formas, sin que eso signifique una renuncia al talante o a los principios que cada uno profesa libremente. "Gustavo, a great honor", le escribió de despedida Donald Trump al presidente de Colombia en días pasados. Previamente le había aceptado una llamada inesperada, de la que surgió la invitación a la Casa Blanca, una oportunidad propicia para poner las relaciones bilaterales en orden, ya que éstas venían siendo acizañadas con fines "revolucionarios" por parte del zipaquereño, quien no cejaba en su empeño de pasar a la historia como el líder universal, ambientalista y galáctico, que confrontó al imperio con un valor temerario. En el Departamento de Estado, no obstante, conocían muy bien las debilidades del megalómano del sur, y por eso le pidieron a Trump que lo colmara de zalemas, que de esa manera el jaguar entraría por el aro, y así fue. Después de aquella llamada, el mandamás gringo lo tildó de fantástico, un calificativo que sedujo automáticamente al rebelde hasta llevarlo a la sede del poder imperial, haciéndole ver que la entrevista se daría entre pares. En cuanto llegó, sin embargo, a Gustavo le impusieron una tarea obligatoria: bombardear a las bandas guerrilleras de narcotraficantes, algo que no había querido hacer durante tres años. La verdad es que ni siquiera había abierto el cuaderno. Espíritus nobles, llenos de bondad republicana, celebraron entonces el encuentro como algo beatífico que demostraba, ¡brujos!, la importancia del diálogo civilizado. No se habían percatado de que, además, se trataba de un juego entre narcisos, para quienes la venia y los ditirambos son el alimento imprescindible del espíritu.