
Dilemas inútiles

Se habla de polarización alrededor de los enconos políticos, y de izquierdas y derechas, como si estos vocablos tuvieran algún sentido en relación con lo que se pretende significar con ellos. Las divergencias conceptuales son inevitables, y los acentos emocionales, de uno y otro lado, nunca dejarán de existir. Por eso el centro, como un punto de atenuación de las pasiones políticas, parece más una entelequia bien intencionada que una realidad tangible. Al menos eso parece.
Lo de izquierdas y derechas viene desde los tiempos de la Asamblea Constituyente durante la Revolución Francesa: quienes se aposentaban a la derecha tendían a ser más conservadores y amigos de la monarquía, mientras que quienes lo hacían a la izquierda encarnaban las reformas propuestas; de ahí que esas denominaciones, por su precario origen etimológico, sean insuficientes en el mundo de hoy, cuando de lo que se trata es de elegir entre la libertad y la tiranía. No sé de nadie sensato que prefiera el modelo cubano, venezolano o nicaragüense de dictadura. ¿A cuenta de qué una familia o un grupo de compinches ideológicos se va a apoderar del gobierno por décadas para ejercer el poder a sus anchas, sin rendirle cuentas a nadie, cooptando todas las instituciones de una nación? Eso es aberrante. La corrupción y los abusos, inherentes a las actividades del poder, requieren límites tajantes, precisamente para evitar dichos excesos. De eso se trata: de que un individuo, o un grupúsculo de ellos, que van al baño como cualquiera, que expelen flatos como cualquiera y que tienen sus intestinos inundados de bacterias como cualquiera, no ejerzan un poder omnímodo y atrabiliario a nombre de un quimérico "pueblo" que es entretenido con subsidios y mendrugos ocasionales. Ahí tienen a El Salvador, ahora con reelección presidencial indefinida y un mesías que se autoproclamará sucesivamente, desvirtuando cualquier asomo de democracia. No basta con apresar delincuentes ni confinarlos en cárceles especiales. Todas estas demostraciones de autoritarismo no son más que rezagos comportamentales de las viejas revoluciones que nunca han servido para nada. Ahí está la prueba de la Revolución Francesa, que, bajo el imperio del terror, a los diez años sucumbió al golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, quien terminó imponiendo su imperio. El asunto es muy sencillo, y trasciende las polarizaciones: el bicho humano es imperfecto, y en el poder se vuelve loco. Por eso es imprescindible ponerle bridas a su instinto. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.