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Opinión

Dignidad: La emergencia no suspende derechos

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
14 de febrero de 2026

El agua subió en cuestión de horas. Las imágenes también. Familias sin techos, niños llorando en brazos, ancianos viendo cómo sus vidas se las llevaba la corriente. Córdoba bajo el agua, y Córdoba en todas las pantallas. La solidaridad llegó, sí, pero también llegó algo más: la exposición sin filtro, sin permiso, sin pausa.

Necesitamos mostrar la crisis, es verdad. Sin imágenes, el país no entiende la magnitud. Sin testimonios, la ayuda no llega. Pero existe una línea delgada, casi invisible como el agua que se filtra bajo las puertas, entre visibilizar una emergencia y vulnerar la intimidad de quien ya lo perdió todo. Esa línea se ha cruzado tantas veces en estos días que me pregunto si aún la vemos. He visto circular fotografías de familias enteras en el momento más vulnerable de sus vidas. Rostros de niños aterrorizados. Personas empapadas, sentadas sobre lo poco que pudieron salvar. Y debajo de esas imágenes, mensajes de reflexión. Entiendo la intención. Muchos quieren ayudar, quieren que otros vean, que la solidaridad llegue. Y llega. Los albergues se llenan de donaciones, de voluntarios, de gente con el corazón en la mano. Pero en medio de esa urgencia por mostrar la realidad, quisiera que nos detuviéramos un momento a pensar: ¿y si fueras tú? Si fueras tú quien solo tuvo tiempo de salvar tu vida y la de los tuyos. Si fueras tú quien no pudo rescatar nada más, ni la ropa seca. Si fueras tú durmiendo en un albergue, expuesto a la mirada de todos, intentando mantener algo de normalidad mientras tu mundo se cae a pedazos. ¿Quisieras que tu rostro, en ese momento, estuviera circulando sin control? ¿Quisieras que te fotografiaran dormido, desprotegido, para que otros vean “la realidad”? Las palabras no rompen huesos, es cierto. Y las fotos tampoco. Pero algo rompen. Algo tocan que no se ve, pero se siente y tal vez después resiente. No es momento de crítica, lo sé. Es momento de arremangarse, de ayudar, de estar. Pero también es momento de colocarnos en los zapatos del otro. De preguntarnos, antes de tomar esa foto, antes de compartir ese video: ¿esto ayuda o expone? ¿Informa o vulnera? ¿Le pedí permiso? Y si no pude pedirlo porque la urgencia no daba tiempo, ¿es realmente necesario que circule? La dignidad no se ahoga. Una persona que perdió su casa no pierde simultáneamente su derecho a la intimidad, a la privacidad. Hay formas de mostrar sin exhibir. Se puede documentar la magnitud de la crisis sin enfocar lo que transgrede la dignidad. Se puede pedir ayuda sin convertir el dolor ajeno en contenido viral. Se puede informar sin transformar a las víctimas en objetos de lástima. Una tragedia como esta necesita ser vista. Pero quienes la viven merecen que se haga con respeto.