
Diez años sin Gabo

En Jueves Santo, día de admiración, fallecieron dos pilares literarios: Úrsula Iguarán y Gabriel García Márquez. Un escritor rememora cómo el Nobel y la lectura marcaron su destino.
Por Ensuncho De La Bárcena Hay tres jueves en el año que causan admiración: Jueves Santo, Corpus Christi y el Jueves de la Asunción. Esta bella copla ha cruzado los siglos de los siglos, sin variación alguna. La aprendimos en casa, desde niños, los católicos. La traigo a la memoria porque un Jueves Santo murieron dos personajes de las letras universales: Úrsula Iguarán, eje y matrona de la familia Buendía de Cien años de soledad, y su autor, Gabriel José de la Concordia García Márquez Martínez Iguarán. Al autor lo recuerdo desde que tenía siete años, cuando la noticia del Premio Nobel de Literatura irrumpió en la casa de mi infancia, la de Papa Leo y Mama Lita. Ellos ya habían muerto, dejándome de herencia tres tesoros invaluables: la lectura, la escritura y la fe. A Úrsula la conocí, varios años después, cuando me acerqué a la edición familiar de la novela de los Buendía que nos compraron Don Rami y la Niña Nohorys, nuestros amados padres. De varias maneras la vida y la obra de Gabo influyeron en mi decisión de ser escritor. También mi padre había sido telegrafista y un bisabuelo materno había sido General en la Guerra de los Mil Días. Al igual que él, había crecido en la casa de mis abuelos, con sus historias, sus santos y sus leyendas. A los 13 años, el 23 de abril de 1988, supe que sería escritor. Fue un inolvidable Día del Idioma. Aquella mañana fui el ganador de un concurso de ortografía, al escribir un dictado sin ningún error ortográfico. El premio fue un libro y mis padres me felicitaron. A parte de la biblioteca de la familia, alimentada por la suscripción a Círculo de Lectores, en la secundaria tuve acceso a la del Colegio María Auxiliadora y el privilegio de ser discípulo de dos grandes profesores de Español y Literatura: Delio Salcedo Sarmiento y Ricardo Torregroza De La Ossa. Ellos no solo me animaron a leer y me prestaron libros de sus bibliotecas, sino que fueron lectores de mis primeros ejercicios de escritura. Ahora recuerdo bien el Jueves Santo de 2014. Estaba en Coveñas, con mis amadas Duquesas, Gioconda y Ángela, y un bello grupo de amigos y familiares. Desde el San Jorge había llevado hicoteas para el almuerzo. Acababa de ducharme y al momento de ponerme la guayabera sonó como si algo se rompiera. Terminé de vestirme y bajé a la hamaca, a seguir escribiendo la escaleta de mi primera película, aun inédita. La bella Catalina me hizo una foto con mi cámara nueva cuando llegó el mensaje al celular: “murió Gabo”.