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Opinión

¿Desplazamiento ambiental y climático en Córdoba?

Javier de la Hoz
Javier de la Hoz
Columnista
27 de febrero de 2026

Las recientes inundaciones en Córdoba dejaron más que múltiples y multimillonarias pérdidas económicas, viviendas dañadas e imágenes desgarradoras de familias que lo perdieron absolutamente todo; sí, estas mismas familias que tuvieron que salir con lo que pudieron cargar, niños que se quedaron sin colegio de un día para otro, productores que perdieron lo que habían sembrado durante meses y un largo etcétera de damnificados. En muchos casos se habla de evacuación temporal, de emergencia invernal, de ayuda humanitaria. Pero hay una pregunta que debemos hacernos con honestidad: ¿estamos ante algo más profundo? ¿Estamos frente a un desplazamiento por factores ambientales y climáticos?

Durante décadas en Colombia, el desplazamiento forzado estuvo asociado exclusivamente al conflicto armado; sabíamos qué significaba, esto es, personas obligadas a abandonar su territorio por la violencia. Sin embargo, el país ya empezó a reconocer que también se puede ser desplazado por razones ambientales y climáticas, no porque alguien empuñe un arma, sino porque el territorio dejó de ser habitable. Cuando una familia debe irse porque su vivienda se inunda de manera reiterada, porque el agua vuelve cada año con más intensidad y porque el riesgo ya no es una posibilidad sino una certeza, la situación cambia de nombre. No toda inundación genera desplazamiento, pero cuando la salida no es voluntaria, cuando el retorno no ofrece garantías reales de seguridad y cuando la afectación compromete derechos básicos como vivienda, alimentación y estabilidad económica, estamos ante algo distinto a una simple emergencia, estamos frente a una forma de expulsión provocada por factores ambientales y climáticos. En Córdoba hay barrios y zonas rurales donde las familias han reconstruido más de una vez; regresan cuando el agua baja, arreglan como pueden y vuelven a empezar. Pero cada temporada el fenómeno se repite con mayor intensidad; el cambio climático ha intensificado las lluvias en distintas regiones del país, y nuestra geografía vulnerable amplifica los efectos. No se trata de una percepción aislada; es una tendencia documentada. Cuando ese patrón se combina con fragilidades estructurales, el resultado es movilidad forzada. A mi criterio, en varios sectores de Córdoba sí existen personas que hoy pueden considerarse desplazadas por causas ambientales y climáticas, y esto no es una afirmación alarmista, es una lectura responsable de la realidad. Cuando la permanencia en el territorio deja de ser viable en condiciones de dignidad y seguridad, el derecho ya no puede tratar el fenómeno como si fuera solo una emergencia pasajera. El país ha dado pasos importantes al reconocer que el desplazamiento interno no se limita a la violencia; también puede originarse en eventos ambientales o en procesos asociados al cambio climático. Ese reconocimiento implica que el Estado no puede limitarse a entregar mercados o subsidios temporales y luego dar por superado el problema; la obligación es más amplia: evaluar si el territorio sigue siendo habitable, adoptar medidas reales de adaptación y, cuando sea necesario, ofrecer alternativas de reubicación digna. Aquí está el punto clave: la diferencia entre emergencia y desplazamiento es estructural; la emergencia es coyuntural, el desplazamiento implica ruptura del proyecto de vida. Si una familia no puede garantizar estabilidad mínima en su vivienda porque cada año debe salir por riesgo de inundación, la movilidad deja de ser transitoria y adquiere otro estatus legal. En Córdoba no podemos seguir reduciendo el debate a la intensidad de la lluvia, el clima está cambiando, eso es indiscutible, pero también debemos preguntarnos si estamos preparados para enfrentar sus efectos sin que las comunidades más vulnerables carguen con todo el peso. El desplazamiento ambiental y climático no solo es una consecuencia natural; también es un indicador de que la adaptación no ha sido suficiente. Reconocer que existen desplazados ambientales y climáticos no significa politizar la tragedia ni convertir cada fenómeno en litigio inmediato; significa aceptar que la realidad está evolucionando más rápido que nuestras categorías tradicionales. Durante años el país tardó en reconocer el desplazamiento por violencia; cuando finalmente lo hizo, entendió que no bastaba con atender emergencias; era necesario crear políticas estructurales. Hoy enfrentamos un desafío similar, pero con otro origen. Si las inundaciones recientes han obligado a familias a abandonar de manera prolongada sus hogares, si la recurrencia hace inviable el retorno en condiciones seguras, entonces no estamos ante simples damnificados, estamos ante ciudadanos cuyo derecho a vivir dignamente en su territorio está siendo comprometido por factores ambientales y climáticos. Córdoba no puede ignorar esta discusión; cuando el agua baja, el problema no desaparece, permanece en las grietas de las paredes, en las deudas acumuladas, en los cultivos perdidos y en la incertidumbre sobre la próxima temporada de lluvias. Es cuestión de tiempo para que los tribunales judiciales comiencen a reconocer expresamente esta condición en casos concretos con ocasión de las inundaciones en Córdoba; la jurisprudencia ya abrió la puerta, las realidades territoriales terminarán empujando esa discusión hacia decisiones más explícitas. El clima no pide permiso para transformar territorios, pero el derecho sí exige respuestas cuando esas transformaciones afectan la dignidad humana. ¿Será que nuestros gobernantes esperan las órdenes judiciales que les obliguen a activar los mecanismos como consecuencia del reconocimiento de los miles de desplazados por razones ambientales y climáticas, o se atreverán a reconocerlos antes de esas decisiones? En lo personal, creo que es mejor hacerlo antes de, y es que además eso le da herramientas a las administraciones, incluyendo de manejo presupuestal; es hora de actuar.