
Despeinada

Dejar el secador y la plancha ha revelado la lucha interna contra el ego y la búsqueda de la autenticidad. ¿Importa más la imagen o lo que somos?
Por Olga Hernández Hace un tiempo, corto en realidad, decidí dejar de usar con frecuencia diaria el secador y la plancha para el pelo. No puedo decir que fue una decisión tranquila, en mi cabeza resuena la canción de Palito Ortega, que sonaba cuando yo era pequeña en mi casa y que mi papá cantaba “…Tú tienes, una sonrisa contagiosa… pero tu pelo, es un desastre universal…” Y a pesar de que la canción nunca le dice que la quiere menos por andar con el pelo como un puerco espín, ni que es menos capaz, menos inteligente, menos aceptada y reconocida por la calamidad de su pelo, eso es justamente lo que me he dado cuenta que voy sintiendo yo cuando salgo de una reunión y al entrar al baño me veo en un espejo o cuando al estar conversando con alguien un espejo cercano revela que ando por la vida despeinada. En definitiva, no necesitamos jueces externos. Somos los mejores jueces de nosotros mismos. Todo eso que pienso y siento cuando recuerdo que dejé el secador y la plancha guardados en un cajón, no es otra cosa que el ruido del ego que teme perder su reconocimiento y aceptación y por lo tanto morir de hambre. Si quiero ser una psicóloga a la que la gente le crea debo tener cada cabello en su lugar. Sí, yo misma me leo y me doy cuenta del absurdo, pero el ego me lo va gritando convencido de que es cierto, que parte de mi valor amenaza con perderse si la gente dice “Muy bueno lo que escribe (lo que dijo, lo que piensa) y todo, ¿Pero viste lo despeinada que está?”. Me pregunto a cuantas cosas absurdas, desgastantes, nos sometemos por no cuestionar ese ego asustado que pone el reconocimiento en la imagen que proyecta y no en lo que se es. Recuerdo en cascada diversas situaciones de mis pacientes: Si mi hijo se derrama el yogur encima la gente va a pensar que no lo he hecho bien como mamá; si los demás piensan que este pantalón tiene un color muy chillón, van a pensar que no soy una profesional seria; si no soy capaz de correr media hora sin ahogarme, los demás se van a burlar porque tanto ejercicio que hago y no me sirve… En fin. Cosas y cosas que el ego afirma y que nos vamos creyendo, empezando a actuar en consecuencia. Y a pesar de que mi ego me sigue afirmando que si pongo cada cabello en su lugar (Vaya usted a saber cuál es el lugar “correcto” de cada cabello) los demás me van a aceptar con más agrado, sigo decidiendo hacerle caso a esto que voy siendo. Un poco más despeinada, un poco más feliz.