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Opinión

Desde los capullos de la ternura

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
19 de enero de 2026

El rostro humano: crisol del ser, lienzo efímero donde el tiempo, escultor ciego y persistente, esculpe su obra magna desde la primera exhalación hasta el postrer vaho. Metamorfosis desplegándose en ritmo de una marea lenta, revelando el jeroglífico del alma y la crónica silenciosa de una existencia.

Al nacer, el semblante es promesa sin mancha, cera virgen modelada por la inocencia. La piel, náutica y diáfana, se estira sobre un andamiaje óseo que aún no conoce la gravedad del mundo. Los ojos, dos lunas de asombro virgen, son pozos de un universo sin estrellas, espejos que beben la luz del primer día. Las mejillas, capullos de ternura, albergan la risa inminente, un bálsamo ignorando la sal del llanto. Es la arcilla fresca, un mapa astral sin galaxias fijas, sólo con la potencialidad del rumbo por trazar. Avanzadas las horas, el rostro adquiere la geometría del carácter. La adolescencia es fragua donde los rasgos se afilan, los pómulos se erigen y la mirada, flecha tensa, desafía al horizonte. En la madurez, la faz es el libro abierto de la experiencia. Cada gesto, cada emoción reiterada, guarda su sedimento. La frente acoge los primeros ríos secos del pensamiento. Las comisuras de los ojos: "patas de gallo", son firmas de alegría, «microfracturas» en la porcelana del yo, evocando la afabilidad de soles vividos. La piel, si bien mantiene su garbo, narra en un lenguaje enigmático y bello, la unión del ser con la adversidad del tiempo. Al final, la senectud: un grabador paciente. El rostro deviene la biblioteca de la memoria, un lenguaje atávico de sabiduría y resiliencia. Las arrugas ya no son meras líneas, sino cañones profundos, deltas de un río que ha finalizado su caudal, valles que la vida roza con paciencia infinita. La piel despoja lozanía, cede a lo inflexible del tiempo, volviéndose la corteza venerada de un olivo milenario. Los ojos, quizás velados o hundidos en la cuenca, irradian luz crepuscular, paz del navegante que ha sorteado los vendavales. La mandíbula se suaviza. Las mejillas ceden. El rostro adquiere gravedad de piedra tallada, cuya belleza reside en imperfecciones, en la dignidad de su historia indeleble. Su final, la sinopsis de todo lo que fue, un espejo que pesa siglos, reflejando la eternidad en el instante fugaz de la carne. Quizás, debamos aprender a leer en esas guías no el deterioro, sino la cartografía digna de una vida plenamente vivida: testimonio silencioso que merece nuestra reverencia.