
Deporte y cultura: motores de movilidad social

Cada cuatro años el fútbol regala la misma escena: un joven de escasos recursos que, a punta de esfuerzo y talento, termina vistiendo la camiseta de su selección en un Mundial. Detrás de ese lugar común hay una verdad que Chinú conoce bien: el talento puede llegar lejos si encuentra una oportunidad. Deporte y cultura son de los pocos ascensores sociales que no piden apellido ni capital de arranque. En un municipio donde muchas familias no tienen cómo costear una carrera universitaria, una cancha, un instrumento, una tarima o un entrenador comprometido pueden abrir caminos que antes parecían cerrados. No reemplazan la educación ni el empleo formal, pero sí pueden ser el inicio de una trayectoria distinta.
Esta realidad no es teoría. Hay más de diez escuelas de formación deportiva, impulsadas por las familias y los instructores. Al fútbol se suman el patinaje y el boxeo, con jóvenes que sostienen su disciplina pese a las limitaciones. En la cultura, festivales como el Vallenato de Acordeoneros y Compositores y el Encuentro Nacional de Declamadores y Poetas confirman una base viva, aunque frágil si no cuenta con respaldo permanente. La urgencia no es menor. Mientras el desempleo nacional fue de 8,0 % en mayo de 2026, el juvenil ronda el 15 %. Entre enero y marzo de 2025, el 24,2 % de las personas entre 15 y 28 años no estudiaba ni trabajaba. El DANE no desagrega estas cifras a nivel municipal, pero un estudio de la Universidad del Rosario (2024) ubica a Córdoba entre los departamentos con mayores brechas de género en jóvenes nini, un patrón que también se siente en nuestro territorio. Por eso el desafío no está en la falta de talento —que existe de sobra—, sino en la continuidad institucional. Los Juegos Intercolegiados 2025 del Ministerio del Deporte lo demuestran: con 50.000 millones de pesos llegaron a 578.000 deportistas escolares de 9.600 instituciones en 1.120 municipios, Chinú entre ellos. Pero la política no puede reducirse a un evento o una foto. André-Noël Roth Deubel, en Políticas públicas: formulación, implementación y evaluación (2014), es claro: la política pública debe ser un ciclo sostenido, con seguimiento, recursos y responsables claros. En esa tarea, las obras deportivas son necesarias y se celebran, pero su impacto aumenta con una atención más completa: valoración médica, seguimiento nutricional, apoyo psicosocial y formación continua para instructores y maestros. Algo similar debería ocurrir con las expresiones culturales, que hoy dependen demasiado del compromiso de quienes las sostienen, casi siempre con más vocación que recursos. En el territorio ya existe un punto de partida valioso: escuelas, festivales, formadores, familias comprometidas y jóvenes con ganas. El paso siguiente es convertir ese capital social en una apuesta pública permanente. La revista Collectivus (2025) lo confirma: el capital social —redes, acompañamiento, continuidad— es determinante para convertir el talento en oportunidad real. No se trata de inventar desde cero, sino de fortalecer lo construido y respaldar mejor a quienes pueden encontrar en el deporte y la cultura una opción real de desarrollo: transporte para competir, dotación básica, horarios estables y articulación con instituciones educativas. Muchos talentos no se pierden por falta de capacidad, sino por ausencia de respaldo. La tarea pública es clara: que el deporte y la cultura dejen de depender solo del esfuerzo familiar y se conviertan en caminos reales, accesibles y duraderos para más jóvenes. Esa sería una forma concreta y responsable de invertir en nuestro futuro común.