Democracia a lo Macondo
Entre la comedia y la tragedia, Colombia vive un episodio digno de "Cien años de soledad": un voto "mágico" en Soledad y uno fantasma en el Senado, revelando la fragilidad institucional.
Por Rafael Negrete Quintero Hay semanas en Colombia que bien podrían titularse como un capítulo perdido de Cien años de soledad. Esta semana, la democracia nos regaló dos joyas dignas de Ripley: un acto de magia en el Concejo de Soledad y un episodio surrealista en el Senado de la República. Dos escenarios distintos, el mismo desconcierto. Como si Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges hubieran escrito los libretos, cada suceso dejó su huella: el primero como comedia, el segundo como tragedia. En el Concejo de Soledad, un municipio caribeño que parece vivir en su propia dimensión literaria, ocurrió lo inesperado: en una votación participaron 18 concejales, pero aparecieron ¡20 votos! Más que un hecho insólito, parece un homenaje tardío a Gabo. Los memes no se hicieron esperar: desde referencias al "señor de los anillos" hasta conjeturas sobre concejales invisibles, el país entero se burló con ganas. En Soledad, la democracia parece haber adoptado la ley de la física cuántica: un concejal puede estar presente y ausente al mismo tiempo. Pero el humor se evaporó cuando la escena se trasladó al Senado. Allí, en la elección de un magistrado para la Corte Constitucional, los senadores notaron que el conteo tenía un voto de más. No había 18 concejales invisibles, pero sí un voto fantasma que causó asombro, indignación y preguntas. En un lugar que debería ser el templo de la seriedad democrática, el incidente dejó un sabor a chapuza de barrio. Aquí no hubo memes, sino miradas incrédulas y una sensación de que, si esto pasa en una elección tan importante, ¿qué quedará para las decisiones menores? Los paralelismos son irresistibles. En ambos casos, la aritmética simple se convirtió en un acertijo. Mientras en Soledad la risa fue el recurso para enfrentar el absurdo, en el Senado el impacto fue más profundo: un reflejo de la fragilidad de nuestras instituciones. "La realidad no siempre coincide con la lógica", podríamos decir. En Colombia, parece que la realidad nunca se reconcilia con la democracia. Lo más triste es que, en ambos casos, el voto perdido (o ganado) no es lo más preocupante. Es la percepción de que las reglas no importan, de que el sistema puede ser burlado por un truco de magia o un error sin consecuencias reales. Tal vez el verdadero Ripley seamos nosotros, espectadores perpetuos de un país donde lo insólito es la norma y donde las instituciones parecen estar escritas con tinta muy deleble.