Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Delirios de grandeza

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
2 de febrero de 2025

El trastorno narcisista, sin cura y vinculado al poder, genera cataclismos. La omnipotencia y la verdad absoluta, propias de fanáticos, contrastan con la unidad espiritual y el centro ideológico.

Por Álvaro Bustos González* Mucho se ha dicho sobre el trastorno narcisista de la personalidad, un problema sin solución, porque no tiene cura, cuyo vínculo con el poder, en cualquiera de sus dimensiones, genera cataclismos. Eso de sentirse omnipotente, omnisapiente y omnímodo, viendo a los demás como a cucarachas que solo deben obedecer con una venda puesta en los ojos y en la conciencia, es una tragedia para quien lo padece y para sus víctimas. Es mejor que el megalómano no se percate de su mal, porque se daría cuenta de la pobreza de su alma, de la vileza de sus sentimientos y de la fatuidad de su conducta, y en ese caso le podría pasar lo que le ocurrió a Narciso, que tuvo que suicidarse cuando descubrió la putrefacción de sus miserias espirituales. Esa sensación de poseer la verdad absoluta, aun en contra de toda evidencia, es propia de fanáticos y de ignorantes. En alguna época existieron los puritanos, que pretendían, en consonancia con las disputas religiosas de la época, poner la verdad del lado del calvinismo, una vertiente cristiana que reconoce la riqueza como un don dispensado por la divinidad. Hoy, sin embargo, la división artificial y anacrónica entre derechas e izquierdas, que todo lo simplifica, ubica la virtud moral en un solo lado del espectro, el que supuestamente abomina del dinero y favorece a los más necesitados. La globalización, a su vez, pretende asumir todas las verdades en una sola: un futuro lleno de pequeñas tribus, cada una caracterizada por sus afeites y distintivos sexuales, que prescinden de las certezas biológicas, en aras de una libertad personal ilimitada desde la infancia hasta la vejez. Todo esto, por supuesto, con prescindencia de la noción de la verdad, que, entendida intelectualmente, involucra la historia, la ciencia, el conocimiento de la condición humana, la cultura y las artes en general, que han ido, a través del tiempo y en las distintas civilizaciones, descubriendo el trasfondo común que la naturaleza nos concedió a los humanos y a los animales. ¿De dónde surge entonces la unidad espiritual que se invoca como el mejor de los destinos para nuestra raza? Ese quizá sea el tan añorado centro ideológico, que en la práctica ha sido imposible por la concurrencia de las múltiples ambiciones que chocan en el escenario emocional de la política. Eso no será, en todo caso, mientras existan los Putin, los Trump y los Petro… *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.