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Opinión

Del flautista de Hamelin a la distopia populista

Edgardo Miguel Espitia Cabrales
Edgardo Miguel Espitia Cabrales
Columnista
5 de mayo de 2024

Las emociones, a pesar de su apariencia, pueden ser obstáculos para la convivencia. La ciencia revela cómo se experimentan y manipulan, y la educación crítica es clave.

Por Marco de León Espitia Las emociones, en contrasentido a su dócil apariencia de virtud, se comportan con frecuencia como padecimientos que juegan en contra del anhelo humano de convivencia pacífica. Desde los postulados del cerebro triuno de Mac Lean (1985), pasando por los aportes de Cory & Gardner (2002), que reposicionan el protagonismo del neocórtex en la génesis y administración de las emociones, hasta la era del pet scan, en la que podemos ver transitar las emociones en el cerebro, es creciente la evidencia científica de que todos los seres vivos que poseen sistema nervioso experimentan, y por lo tanto padecen, emociones. Mucho antes de que la ciencia develara el mapa de las intrincadas callejuelas neuronales en las que se desplazan las emociones y las diversas guaridas en que pernoctan: hipocampo, tálamo, hipotálamo, amígdala -bautizadas en conjunto como sistema límbico-, la retórica discursiva de la filosofía y los intuitivos pininos de la semiología del lenguaje habían encontrado la manera de manipularlas a conveniencia, con la suficiente sutileza, para hacerlas ver como expresiones espontáneas, en ocasiones voluntarias y deseables. Secuestrar el sistema límbico y su gallada es una tarea relativamente fácil para los actuales alquimistas de la información: sólo hay que atinarle a la lujuria de la revancha. Ya no se requiere de los seductores acordes de una flauta mágica para embriagar a las ratas, ni de los alambicados senderos de la dialéctica jacobina para enfilar a los incautos, mucho menos de las excelsas delicadezas de la estética y la prudencia, invocando la decencia, para ejercer la cordura. Ahora basta con satisfacer la necesidad de diana afincada en la lujuria de la victoria, señalarle la presa al palio encéfalo de la fiera, o darle de beber a la amígdala (específicamente a ella) un sorbo del elixir de la soberbia (dopamina, noradrenalina y glutamato) saborizado con esencia de justicia, y sentarse a pescar en las aguas turbias que aparentan profundidad. El único antídoto posible ante el riesgoso asecho de las emociones sin ronzal, es la formación crítica de un ciudadano con destino que ha aprendido a navegar en las pocas certezas que le ofrece la realidad: una educación desprovista de afanes doctrinarios que desatienda con gallardía la tentadora oferta de la persuasión. Ningún viento es favorable cuando no sabes a qué puerto te diriges.