
Del cuerpo al alma

Te dicen que cuando tu cuerpo está listo, tú también lo estás. Pero no siempre es cierto.
Se habla mucho del cuerpo humano desde la perspectiva biológica, desde ese tránsito físico y hormonal explicado con imágenes y advertencias. Pero poco de esa parte intangible que lo habita, el interior… el alma. Y lo que no se nombra, no se reconoce, y lo que no se reconoce, no se cuida. Durante siglos, a las mujeres se les consideraba "en edad de merecer". No había sueños individuales, profesiones, viajes, amigas, porque el destino estaba marcado con uno solo: el de ama de casa. El cuerpo era el pasaporte, y el alma ni se mencionaba. El amor romántico surgió como una forma de rebeldía frente a ese sistema. Una rebeldía legítima, necesaria, incluso hermosa en su origen. Pero con el tiempo también abrió paso a nuevas trampas: creer que amar libremente implica amarse poco, que la liberación del cuerpo lo permite todo, que si es aceptado o celebrado, entonces está bien. Y nadie nos advirtió que se puede elegir y aun así herirse. Que se puede ser libre y aun así perderse. Las libertades conquistadas trajeron consigo esa idea: "puedo hacer lo que quiera con mi cuerpo". Y sí, puedes. Pero también es necesario preguntarte si eso es realmente lo que anhelas, o si responde al deseo de ser vista, al miedo al rechazo, a no ser la "dejada", a encajar en una idea de mujer que tampoco elegiste del todo. Por eso nos merecemos conversaciones más completas. Conversaciones sobre el deseo, sobre quiénes somos, sobre la necesidad de escuchar no solo el cuerpo, sino también lo que pasa adentro. Que hablar de esto sea tan natural como hablar de anatomía. No basta con una educación sexual que se limite a prevenir enfermedades o embarazos. Necesitamos una que se atreva a romper los tabúes sin dejar por fuera lo esencial: lo que sentimos. Una que le diga a una adolescente que su cuerpo no es el problema, pero que su ser importa. Que la enseñe a reconocer lo que siente antes de decidir lo que hace. Que le dé palabras para lo que le pasa adentro, no solo información para lo que le pasa afuera. Porque hay heridas que no se ven, pero que permanecen cuando no se reconocen. Si lees esto y sientes que algo te aprieta el pecho, tal vez es porque algo en ti lo reconoce. No es tu culpa. Pero sí puede ser un punto de partida: nombrarlo, entenderlo, no repetirlo. Ni en ti, ni en la niña que tal vez hoy estás formando. Hay personas únicas e irrepetibles en el mundo que merecen mucho, eso es cierto. Pero también tú lo eres. Y quien realmente te valora no necesita que te lastimes ni que dejes de ser para quedarse.