
Dejemos que el agua baje y hable

El agua, con su memoria y fuerza, se manifiesta en su curso vibrante. Desde las alturas montañosas hasta los valles fértiles, el río revela su poder y esencia vital.
Por José Arturo Ealo Gaviria El agua tiene su memoria. Que sea ella quien hable por sí misma a lo largo de su marcha vibrante. Se desliza, expande y se desparrama. Se descuaja en medio de bosques y florestas. Es el curso del río al bajar en su dialecto. Dejémosle que hable. Su oleada son muestras de incalculables voces. Inicia su recorrido. Arriba. Más cerca a las palpitaciones del cosmos. Es el dominio boscoso y pétreo de la elevada montaña. No es el lugar adecuado para estar ahí al llegar una tempestad. Los truenos explotan y retumban en el cielo. Bufan contra los paredones rocosos y vociferan ladera abajo. Un profundo barranco de peñascos hacen su amplia caja de resonancia. Prolonga los sonidos que se pierden hacia las tierras bajas, hacia los valles, hacia muchas regiones a premiarles de fertilidad. El agua de los cielos escurre al dispersarse sobre la tierra. Se desborda. Excava pequeñas acequias, arroyuelos y regatos. Inunda los tremedales, las tollas y praderías de montaña. Cantan las aves. Un mayero. Y de a poco, hilo a hilo, las aguas trenzan un pequeño arroyo. Irriga los pastizales, lugar de gran reserva donde pace el ganado en épocas de verano. La suavidad de este panorama solo es la entrada de lo que es capaz de hacer el agua: un rumor sordo crece y la corriente se precipita al vacío. Estruendo inicial, macizo y compacto. Se transforma en un siseo afilado de agua rota, pulverizada y sin cuerpo. Más adelante, el rumor del agua se recompone al zigzaguear entre verdes riberas. La corriente circula pausada, entre praderas mullidas donde unos canarios hacen sinfonía en una mañana de verano. El fragor aumenta. El río ingresa en su curso medio. Un ruiseñor pregona su silbido de imposición, casi fuera una orden. Las orillas se enmarañan de escaramujos, de mangles, de fango y de azucenas. Refugio desde las alturas donde ulula un búho. Algo más abajo, en bosques de ribera, lejos de las primeras lluvias, el agua apenas suena. Posee una voz inconfundible en bóvedas de follajes con sonoridad que matiza los zureos de palomas torcaces y los silbidos de las oropéndolas. Entonces es cuando el agua es dueña de su destino y creadora de la vida. Se alegra. La tierra escancia su oda de hechicera. El preciado líquido se hace vida de la vida. Estado de maravilla donde los dioses bajan a deleitarse. Aquí está la magia.