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Opinión

¡Defendamos la corraleja!

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
23 de enero de 2026

El hombre ha enfrentado al toro desde edades muy remotas. Desde que éramos cazadores y recolectores. La pintura rupestre lo muestra.

La tauromaquia existe desde el siglo XII. La primera referencia es de 1124, cuando Alfonso VII de Castilla se casó con Berenguela La Chica. En Saldaña, Castilla, tuvo lugar el génesis taurino. Cuatro siglos más tarde, en el XVI, nuestros antepasados españoles trajeron ganado al Reino del Caribe. Tienta y capea dieron origen a la corraleja, nuestra maravillosa forma de interpretar la tauromaquia. Para nosotros corraleja es diversión y fiesta. Lugar de encuentro del patrón con el jornalero, de la dama con la prostituta, del sacerdote con el ateo, de la esposa con la amante, del letrado con el analfabeto, del aristócrata con el burgués, de la profesional con la ama de casa y del senador con el hombre ejemplar. La tauromaquia es un arte mayor que nos enseña a enfrentar a la muerte, haciéndole el quite. Como la poesía. La música en la plaza es tan sagrada, como el silencio y el aplauso. Porque el toreo es pintura y escultura en cada prenda. Arquitectura del tiempo. Danza con lo eterno. Teatro de la vida. Fotografía del alma. Y el Caribe lo necesita para conservar la ilusión de que podemos vencer a la parca. Por eso es justo que defendamos la corraleja. Porque ha sido escenario de grandeza y leyenda. Porque es en el ruedo donde surgió el fandango, celebración de la vida que gira en torno a la música y al fuego. Porque gracias a la corraleja hay porro, exquisito género musical que tanta gloria nos ha dado. La tauromaquia es sinónimo de civilización: pasamos de cazadores a cultivadores. Nuestra naturaleza es carnívora y con ello mantenemos viva nuestra identidad cultural. Matamos animales para alimentarnos bien. Necesitamos la proteína animal para la configuración de nuestros tejidos, huesos y órganos. Y la fuente es la carne de res, cerdo, aves, peces o frutos del mar. Pero hay que decir también que, debido a la elección popular de alcaldes y gobernadores, la corraleja perdió su carácter honorable y se convirtió en un negocio vulgar en el que se filtraron la violencia y la delincuencia. Por lo cual hay que reglamentarla, ordenarla, sin que pierda su esencia. Como lo propone el médico e investigador Eduardo Torregroza Díazgranados en un par de libros recomendados. Tenemos que defenderla porque es una de las pocas posibilidades de diversión que tienen nuestros pueblos, atropellados por la enfermedad, el olvido y la corrupción de una clase política que no está a su altura. Esa casta que anda más confundida que perro en corraleja