
Decisión ciudadana

Cada día que pasa nos acerca más a la decisión que debe tomar la ciudadanía en 2026, para elegir a los miembros del poder legislativo y al presidente, de acuerdo con las normas constitucionales dentro del sistema democrático que nos rige en Colombia, como forma de alternancia para que distintos grupos y personas, dada la diversidad y diferencias de opinión, tengan la oportunidad de ser las máximas autoridades de la nación.
La elección de estos órganos tiene un límite de cuatro años para Congreso y Presidencia, tiempo que parecía una enormidad en los años mozos, pero a medida que se avanza en madurez, pueden resultar demasiado cortos para desarrollar una buena administración; por el contrario, darían la sensación de una enormidad cuando las cosas no caminan y no por temas de percepción, sino porque los datos que se toman dan cuenta de ese estado. Hay que reconocer que, desde el segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo, ninguna reelección había salido triunfal y de eso van a ser 100 años, hasta que, en el presente siglo, se volvió a una reelección en abierto desafío al estatus de casi un siglo, donde los presidentes salientes entregaban la presidencia como una antorcha que les quemaba las manos y precedidos de crisis que los hacían clamar por el fin de sus períodos. La ruptura se produjo con la reelección de Álvaro Uribe Vélez, quien demostró en su primer mandato un rompimiento con la situación de inestabilidad vivida en el país y de paso, dio muestras de ejecución en proyectos de desarrollo que le valieron la favorabilidad de la población, quien terminó reeligiéndolo e hizo pensar a este en un tercer mandato que la Corte Constitucional negó, evitando el riesgo de entronizarse en el poder, como empezó a hacer carrera en este lado del mundo y que ahora, con una situación caótica, se buscan los medios para repetir la historia. Analizado el actual panorama nacional, la polémica se centra en determinar el tipo de candidato que requiere el país en estos momentos en que las instituciones se revuelcan, con dirigentes que impulsan a las personas a la protesta, el reclamo y la destrucción y de otro lado, los políticos que combaten con vehemencia el estado de cosas y que les sería fácil convencer al electorado y por otro, los estadistas que sabrían llevar el país a la estabilidad y a un desarrollo sostenido. En esta triada, es decisivo el papel de la ciudadanía quien debe sopesar la decisión a tomar porque más de lo mismo, no es prenda de ningún progreso; mostrar beligerancia, puede dar réditos electorales, pero no saber qué hacer con el trono en las manos, mientas que, definitivamente, se requiere de un administrador que trace la ruta y lleve a Colombia por la vía de la paz y el verdadero cambio.