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Opinión

¿De quién es tu voto?

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
30 de mayo de 2026

"Nunca olvides que una crisis política, económica o religiosa será suficiente para que los derechos de las mujeres sean cuestionados". — Simone de Beauvoir

Mañana, millones de personas estarán tomando un lapicero y marcarán un nombre. Un gesto que dura segundos y que, para las mujeres colombianas, tardó siglos en ser posible. Desde 1954, las mujeres en Colombia tenemos derecho al voto. No es historia antigua: hay mujeres vivas que nacieron sin ese entonces. Lo que hoy parece un trámite y muchas veces da pereza llevarlo a cabo fue, para otras, una conquista que costó décadas de lucha, de ridicularización, de argumentos absurdos sobre por qué una mujer no estaba preparada para elegir. Fueron las que marcharon, que escribieron, que fueron excluidas, que fueron violentadas, que acompañaron en el silencio con miedo, las que aun así siguieron de todas formas abriendo la posibilidad a cambiar la historia. Setenta años después, el derecho existe pero la libertad de ejercerlo sigue siendo frágil. No porque alguien lo prohíba formalmente, sino porque hay fuerzas más sutiles que operan antes de que lleguemos al cubículo: el miedo, los estereotipos, la desinformación, la presión del entorno, el ruido ensordecedor de las redes sociales que confunde opinión con verdad y pánico con análisis. Decidir desde el miedo no es decidir, es obedecer. Y votar desde la desinformación no es ejercer un derecho, es dáselo a quien fabricó esa información. El miedo es el recurso más antiguo del poder. Funciona porque paraliza, porque nubla, porque convierte una decisión propia en un reflejo ajeno. En épocas de crisis política, económica, social, se agudiza. Y como advirtió la gran Beauvoir, es exactamente en esas épocas cuando los derechos de las mujeres quedan más expuestos. No siempre con leyes. A veces con narrativas. Con candidatos que prometen orden a cambio de retroceso. Con discursos que disfrazan el control como protección. Con mensajes diseñados para que una sienta que elegir desde la propia convicción es un lujo que no puede permitirse. Pero hay algo que el miedo no puede hacer: recordar por nosotras. Recordar que este derecho no llegó solo, que alguien lo peleó, que hubo mujeres a quienes se les negó la palabra y que de todas formas encontraron la manera de decirla y de materializarla. Votar no es solo ejercer un derecho, es hacerlo bien, es hacerlo desde lo que genuinamente se  piensa, desde información verificada, desde los propios valores y no desde el pánico que alguien más instaló. Es entrar a marcar ese día siendo la misma persona que ha construido un criterio, no la que construyeron semanas de desinformación y de escenarios de incertidumbre promulgados. El voto no es solo un derecho. Es una memoria. Y la memoria, a diferencia del miedo, sí es buen consejero.