
De noche y sin luces

Mauricio García Villegas critica el posmodernismo en una columna, denunciando su enfoque subjetivo y la pérdida de lo objetivo. Cuestiona modas teóricas sin base real y la "impostura políticamente correcta".
Por Álvaro Bustos Confesó Mauricio García Villegas, en una magistral columna en El Espectador, su desencanto con el posmodernismo, entendido este como la pose que socava, per se, lo objetivo y universal en favor de lo subjetivo y emocional. Ya sabemos que la verdad de los posmodernos no es la que se puede evidenciar o medir, sino la que se construye con palabras y actitudes, como si estos simbolismos fueran suficientes para precisar o modificar el sentido de las cosas. Decir que no se nace hombre ni mujer, que el género depende de la percepción que cada uno tenga de sí mismo; que el identitarismo es un destino universal con sus propias leyes; que da igual, como afirmó Foucault, pegarle a un niño con el pene que con la mano, y que somos justos y comprensivos al hibridar el lenguaje y hacerlo incluyente a través de cambiar la posición de sus vocales, nos lleva a una especie de anomia cultural en la que priman las modas y las construcciones teóricas, sin fundamento ni anclaje en la realidad, sobre lo empírico y lo obvio. En estos días llegó un video de una profesora que puso a unos niños a “pintar” sobre un lienzo dando manotazos con los dedos untados de pintura de diversos colores, y luego expuso el cuadro en el pasillo de un museo. Ahí se acercaron unos “expertos”, hombres y mujeres, quienes se hicieron lenguas por la misteriosa profundidad de la obra, atribuida por uno de los transeúntes a un viejo con evidentes inhibiciones o resabios sexuales, lo que, por supuesto, produjo la burla socarrona de quienes conocían los antecedentes del video. Es un típico caso de impostura políticamente correcta, que nada tiene que ver con la racionalidad ni el discernimiento, una torpe ceguera posmoderna que hoy inunda las universidades del mundo occidental. Recuerden al físico Alan Sokal, quien embuchó a una revista de postín con un verbo plagado de vascuencias. En esa línea van los excesos del feminismo, el adolescentrismo, el animalismo y las familias multiespecies. El buenismo, la concesión de iguales derechos al victimario que a la víctima, nos tiene abrumados con su desconocimiento de la condición humana. “Necesitamos teorías que nos iluminen en lugar de poses intelectuales que nos impidan ver lo que está pasando. El posmodernismo es esto último: quiere que transitemos de noche, sin rumbo y con las luces apagadas”, nos dice García Villegas. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.