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Opinión

De mecedoras y ondeos

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
5 de agosto de 2024

Las mecedoras, símbolo de calma y bienestar, ofrecen un refugio para cuerpo y mente. Su balanceo invita a la relajación, recordando tiempos de ocio y libertad en la vida.

Por José Arturo Ealo Gaviria El secreto para gozar de una buena salud es que el cuerpo se agite y la mente se repose. De los placeres más agradables, nada como ondearse en una mecedora. Hay algo en ella que no se reduce a los impulsos, a su duración, a sus silencios y a su timbre. Se le podría llamar "Vida". Cada mecedora tiene su propio sonido con arreglo a las leyes del contrapunto y de armonía en su balanceo. Su confort, su tranquilidad y al relajo que induce, es suave, de paz. Invita a liberarse. Hay la necesidad de explicar que una mecedora es una curiosa silla que no tiene patas, sino un par de listones arqueados permitiendo a que uno se balancee y se acomode en ella. Aún veo muchas mecedoras en el interior de las casas, especialmente en los pueblos, como en casa de mis abuelos maternos en San Marcos (Sucre), mi pueblo natal. Cuando llegaba el buen tiempo, en horas de mucho calor, y sobre todo, ya en horas vespertinas, sacaban las mecedoras al corredor. Con un mínimo esfuerzo accionaba marchar a la mecedora. Como indica la palabra, mece con discreción y proporcionaba un poco de aire. Recuerdo que había una de madera, color marrón y espaldar alto. Imitaba en la parte de arriba al plumaje de un pavo real cuando alardeaba con su vistosidad. Ahí me ondeaba a tomar el fresco y con brisas que se embocaban a dar aliento, a calmar la sofocación. No era necesario ser marinero para balancearse y lanzarse a ensoñar. Aún llegué a tiempo con el fin de ver cómo, en pórticos y zaguanes de algunas casas, señores veraneantes se ubicaban en un jardín, sentados en una mecedora. Leían plácidamente el periódico o miraban pasar a la gente. Algunos le echaban humo al mundo. Es fácil asociar la imagen de la mecedora con un tiempo donde no había mucha prisa como ahora y el ligero balanceo de la singular silla era la confirmación del tiempo de ocio, de la calma, del privilegio de lograr, con un esfuerzo mínimo, el placer que proporcionaba la sensación de seguir viviendo. Nada que ver con las modernas tumbonas, ese tipo de colchones donde se busca el placer absolutamente contrario al de la mecedora: el de la inmovilidad. Se siente ondearse en un imperio de desinhibición caprichosa. Es un acto de libertad irresponsable, como dándole rienda suelta a la vida. ¡Qué delicia ondearse!