
De los potreros a la corte: orgullo de una generación cereteana

En Cereté, los recuerdos no se marchitan: quedan sembrados en el polvo ardiente de las calles, en la risa suelta que alguna vez rodó por los potreros y en la brisa del Sinú, que baja ligera como un sobre abierto de cartas olvidadas del alma. Todo queda, todo vuelve, todo se recuerda.
Allí, entre trompos que giraban como pequeños planetas, bolitas de cristal que atrapaban destellos del sol y tardes de mango con sal, nació la memoria entrañable de un amigo: Carlos Camargo Assis, el Lobito. El niño que no temía atravesar alambres de púas para conquistar un potrero, como quien abre fronteras sin pedir permiso, pero con la bendición secreta de la infancia libre. Hoy, ese mismo muchacho honra la justicia desde la Corte Constitucional de Colombia, con la misma determinación con la que un día se lanzó a la aventura de sus juegos. Cereté también nos regaló estampas imborrables: los partidos de béisbol y fútbol en la cancha del Michel, las novenas que iluminaban la Navidad y aquella noche del 24 de diciembre de 1992 en la casa de los Camargo, donde la música de vinilo y casete —El Africano, Dame Vida, Burbujas de Amor— nos hizo bailar sin cansancio. Aún resuena en mi memoria la chispa de doña Betty Assis, madre de Carlos, cuando me lanzó la frase pícara y cálida: “¿Chupaste piña?”. Yo, confundido, pensé para mis adentros: “¿Cuál piña, si yo no vi piña?”. En ese entonces no comprendí; fue necesario que llegaran las primeras canas para descifrarlo. Hoy sonrío, porque entiendo que aquella expresión no hablaba de frutas, sino de vivencias, de esos códigos secretos que solo el tiempo se encarga de revelar. El Lobito creció en un hogar que fue escuela silenciosa de valores. Su padre, el doctor Camargo, pionero de la medicina moderna en Cereté, enseñó que la ética, la disciplina y el amor por la gente no son adornos, sino columnas que sostienen la vida. Carlos bebió de esa fuente y la convirtió en destino: abogado formado en la Sergio Arboleda, doctor en Derecho Administrativo, estudioso de Derechos Humanos en Washington, académico y servidor público. Quienes lo conocimos de niño sabemos que, debajo de la toga, sigue intacto el Lobito: el que se dejaba vencer por la risa, el que cargaba complicidad en la mirada. Lo confirmé en 2012, en una fiesta en Montería, cuando me atreví a gritarle su apodo de infancia. El silencio fue profundo, pero él, sonriendo, respondió: “¡Nojoda, Sayo, ¡tú sí puedes! Eres de la vieja corte”. Fue allí cuando entendí que hay afectos que no se negocian y esencias que nunca se disfrazan. Los años, que a veces separan, también saben unir. Algunos de nosotros, amigos de infancia, volvimos a encontrarnos bajo el nombre que nos dimos con picardía: Los Carlosos. Cada diciembre, entre abrazos y brindis, descubrimos que la amistad verdadera no entiende de relojes ni distancias. Con el Lobito, la risa conserva el mismo tono, la complicidad la misma fuerza. Seguimos siendo los niños de ayer, los cómplices de siempre, los que jugaban en las calles y soñaban sin miedo. Ese espíritu comunitario, que brota de las raíces, Carlos lo llevó más allá de la nostalgia. Durante su paso por la Defensoría del Pueblo, promovió la creación de la sexta Casa de los Derechos en Colombia y la sembró en Cereté como quien planta un árbol en su propio patio. Fue un gesto que no hablaba de política, sino de pertenencia: un hijo que vuelve y honra la tierra que lo vio crecer. Desde 2022, también nosotros, sus amigos de siempre, reanudamos la tradición de reunirnos en Navidad. En cada encuentro nos miramos con los ojos del niño que fuimos y recordamos que lo vivido es la herencia más valiosa que tenemos. Lo de Carlos no es un caso aislado: es el signo de una generación que supo soñar en grande sin olvidar sus potreros. Es la cúspide de la era dorada de la Generación X de Cereté, esa que nunca abandonó su pueblo, sino que lo elevó en cada paso. De allí han salido médicos, cirujanos plásticos de renombre mundial, jefes de departamentos, secretarios de gobernaciones y alcaldías, asesores del Congreso, escritores, abogados, ingenieros, columnistas y amas de casa que, con amor paciente, han transmitido valores y principios a nuevas generaciones. Hoy, a esa constelación de talentos se suma un Magistrado de la Corte Constitucional: Carlos Camargo Assis, el niño de los potreros que honra la justicia y que, al hacerlo, eleva aún más el orgullo de nuestra tierra. Porque cada vez que un hijo de Cereté da un paso hacia adelante, toda la comunidad se engrandece. Y en este punto, me permito volver a lo íntimo: desde aquí envío un saludo fraterno, cómplice y eterno a mis hermanos de vida, Los Carlosos. Ustedes saben quiénes son, y saben también que no hay distancia ni rutina que nos borre de la memoria. Que este lazo hecho de tierra caliente, juegos, lealtad y carcajadas siga siendo, por siempre, nuestro mayor patrimonio.