
De la agenda al teclado

Es como una velada terapéutica donde danza a ligar la inspiración en su letra a letra. Me dibujo plasmado con los grafemas del abecedario. Es una descarga de trazas con sensibilidad.
Si hay algo que me agrada al iniciar a escribir un texto, es asirme a los renglones de la agenda, al lápiz, al sacapuntas y al borrador —para no decir goma—. Se llega sin rodeos. Es como si fuera una infiltración de emociones a través del lápiz hacia la dermis de la hoja. Conlleva a una forma de exorcismo, conjuro y sana. Cobra el sentido de ir muy lejos, hasta casi llevar al delirio. Escribir primero y directamente en esas hojas con líneas horizontales, me brinda el placer de no traducir e inscribir a mi alma que habla, canta y llora en dosis de menudas barras de grafito. Es como una velada terapéutica donde danza a ligar la inspiración en su letra a letra. Me dibujo plasmado con los grafemas del abecedario. Es una descarga de trazas con sensibilidad. Dejo sentir que las palabras me fluyan de la yema de los dedos y las voy sembrando, como cada semilla sembrada, donde la tierra florece en anhelos y sueños. Se nutre de razón el mantillo de la celulosa. Entonces escribo a puño y letra para saborear la vida dos veces. El lápiz y cada hoja de la agenda cumplen la función del estéreo: la sensación de espacialidad y profundidad de un eco difundiéndose en la soledad o un símil de alquimista en boga, transformando la inspiración en realidad y las ideas en moldes de letras. Al digitar cada módulo, como puzle del teclado revelándose en los pixeles del monitor, esa sensibilidad de grafema emana cierto grado de calor afinado a la debida emoción. Transcribir las frases de la agenda a los grabados anexos de la pantalla, es anotar para vivir, conocer, volverme en el arqueólogo de mi mismo y descifrar los acertijos que llevo dentro. Es también el arte de no hablar, de aullar sin ruido. Se destapa lo que se quiere decir. Ese viaje desde la hoja es un descubrimiento. Se sobrevive. La música hace palabras en el teclear. Es una amalgama tanto de conexión como de libertad conmigo mismo y el proceso creativo. Lleva un brebaje de tolerancia a la ansiedad. Se le abandona por ser una promesa. Transcribir de la agenda al teclado es un escamar de abstracciones para descubrir, bien sean sustancias o espejismos. Requiere hundirse en las corrientes del pensamiento y en los mares de la razón. Es una conducta compleja, moderada a través de la emotividad y las sensaciones.