
De Caperucitas y lobos feroces

La seguridad infantil en Colombia enfrenta una crisis. La vulneración de sus derechos exige mayor atención social, desde los hogares hasta las instituciones, para proteger su futuro.
Por Hernán de la Ossa “Dejad que los niños vengan a mí, que de ellos es el reino de los cielos”, Mateo 19:14. Son quizás los últimos tiempos la peor crisis social que ha atravesado Colombia en materia de seguridad para la primera infancia. Parece que la concupiscencia de algunos hombres del nuevo siglo no permite dimensionar la importancia de una futura sociedad sana, en paz con Dios y con el entorno. Las preguntas que emergen como proemio a una discusión que se desató hace mucho tiempo, son sustancialmente de carácter social y para despejar las dudas, es la misma prole la que debe ahondar de forma crítica en el comportamiento de sus semejantes, pero sobre todo crear conciencia (aún más) del imperio de la primera infancia. Los casos de vulneración a la integridad de los niños se han presentado en infinidad de pasajes de la historia mundial, pero claramente no estamos en el medioevo, ni en la época victoriana donde los niños eran utilizados como objeto de trabajo y diversión, nuestra sociedad contemporánea, en teoría, tiene el control del carácter protector en favor de los niños, que a la postre serán quienes lleven las riendas del sistema y todo parte de nuestro presente y el trabajo que se haga en pro de su futuro. El vetusto argumento de la inestabilidad psicológica de los criminales pedófilos es un tema muy aparte que no versa en nada sobre las causas de este fenómeno hostil, pero si tiene esa connotación social en el sentido del estado de alerta que significa, para cuidar y salvaguardar a los infantes de las amenazas de estos prospectos que aparecen camuflados en cualquier lugar y con cualquier cara. Colombia en estas últimas cuatro décadas, se ha vuelto un cuento de hadas (en todos los sentidos) donde el capítulo que estamos viviendo trata sobre Caperucitas y lobos feroces. La inocencia de la niñez es un estado humano que carece de malicia y experiencia, al que le ha tocado combatir a fuerza de voces alternas y del amparo de la ley penal, pero desde luego no es suficiente. El ataque a nuestros niños merece aún más atención de la que ya se le ha puesto; en los hogares, en las escuelas, en los parques, por parte de los padres, profesores, autoridad competente y por la ciudadanía concientizada de que nuestros niños son la semilla para la conformación de una sociedad mejor. De todos depende que no haya más Garavitos ni Yulianas, sino que haya más Gabos y Pibes, que no es más que la consumación de la sociedad colombiana que anhelamos desde siempre.