
De boticas, pócimas y genios

En el aposento de una antigua botica, Don Ivo, un boticario con conocimientos alquímicos, preparaba remedios. Su rentabilidad era espléndida, pero su salud, marcada por el dolor, le llevó a un trágico final.
Invariablemente me llegan jirones de recuerdos. Personas. Retazos de lugares señalando una evocación indeleble. Olores. Pócimas y elíxires que atomizaban el aire. Era el aposento anexo de una botica. Olvidé su nombre. Sin embargo, esbozo la imagen de un tal don Ivo usando matraces, pinzas, botellas, frascos, morteros, envases de vidrios o de cerámica situados por doquier. En una hornilla preparaba mejunjes a base de hierbas, emulsiones y variedad de minerales. Luchaba contra las enfermedades e invisibles ejércitos de la muerte. En una vitrina había ubicado una imagen del Caduceo, cuadernillos, recetarios, vademécums, tratados de libros acerca del cuerpo humano. Un boticario poseía conocimientos en física, química y biología. De esa manera se adquiría licencia para erigir una botica. Don Ivo miraba como animal acezante. Se quejaba por todo. Exhalaba ayes de lo más lastimeros. Bastaba verle su cara hinchada, la joroba de la retaguardia y las canas prematuras para intuir la clase de dolores que invadían la vida del solterón. Había nacido viejo. La rentabilidad de don Ivo como boticario era espléndida. Sus recetas curaban. Tenía jarabes, vinos, aguardientes, miel y azafrán. Creó un purgante cuya fórmula era secreta. Hizo un preparado gratuito, "eficaz para el mal de ojo". Del extranjero le llegaban minerales, como el arsénico blanco y cinabrio; animales y sus órganos: esperma de ballena y ojos de cangrejo; leños de sándalo blanco, cetrino y rojo; corteza de canela blanca; pimienta larga blanca y negra; gomas de alcanfor, de Arabia, de almáciga, mirra y otras más; resinas de opio y de benjuí; dos especies de raíces de China; zarzaparrilla; quina en polvo, tinturas y perlas. Los ácidos más comunes eran los sulfúricos y nitrosos. Vendía bebidas estimulantes, granate, marfil, esmeraldas, topacios y lapislázuli. Vendía semillas de comino, cardamomo, rábano, melón, espárrago, hinojos, adormidera, eneldo, verdolaga, cilantro, hijo del sol y diente de jabalí preparado; azúcar rosada, jabón de España, vulneraria de Génova, polvos de raíz, pulpa de tamarindo, crema tártara, flor de amapola de España, de romero, violeta castellana, té de China, ajenjo, bellotas y manzanilla. Vendía productos raros, como estiércol de lobo, testículos de castor, lombrices secas, polvo simpático y lengua de siervo. Toda una miscelánea. El mundo rodaba aparte. Afuera. Lejos. Y don Ivo fiel a su demencia perdió el mismo torpe entusiasmo de todos los días hasta el día que su ceguera cambió su brebaje.