Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

De ballenas y lupanares

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
27 de abril de 2025

La censura y la prohibición, armas del poder, sofocan la libertad de expresión. Recordamos la crítica a Vargas Llosa, víctima de la mezquindad y la ignorancia de censores.

Por Álvaro Bustos González La censura es una forma de la opresión que practican quienes ejercen el poder con desmesura y necesitan acallar, a las buenas o a las malas, a quienes los critican. El poder absoluto, por solemne que parezca, tiene una patética fragilidad debido a la condición enfermiza de sus regentes, por lo que el tirano o su sucedáneo siempre será un peligro: nadie sabe con exactitud en qué momento va a reaccionar de manera sangrienta y va a arrasar con todo, como un vendaval furioso. La prohibición, de otro lado, encarna una actitud de superioridad moral que hace daño cuando no está encauzada hacia el bien común, sino a darle gusto a ciertos caprichos u obsesiones. Ella, la prohibición, presupone que quien prohíbe tiene toda la razón, algo discutible en muchos sentidos, porque eso de rendir a los pies el conocimiento y la sensibilidad universales, o al menos sus perfiles más sobresalientes, no pasa de ser una vana pretensión. Esto es frecuente en mentes enceguecidas por la ideología o por prejuicios de secta, que no les permiten comprender la complejidad de la cultura y la psicología humanas, que a la larga son la esencia constitutiva de las ideas, las emociones y las normas que regulan la convivencia. A propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa, conviene recordar la mezquindad de quienes criticaron su obra a partir del momento en que entendió que la libertad es la virtud moral más importante del ser humano, y que nadie tiene ningún derecho a sojuzgar a los demás a nombre de nada, ni siquiera de esa entelequia impredecible llamada "pueblo". Tengo presente el episodio ocurrido con un individuo encargado de revisar La ciudad y los perros, en cuyo texto aparecía un coronel con barriga de cetáceo, un símil que le pareció indigno, ante lo cual Vargas Llosa le propuso cambiar la palabra cetáceo por ballena, lo que fue aprobado inmediatamente por el pesquisidor, cuyo desconocimiento del lenguaje era, evidentemente, abismal. En otro aparte de la novela asomaba un cura del que se decía que merodeaba por un burdel de El Callao, lo que también desató los resquemores del verificador, dado que la palabra burdel le pareció pecaminosa, ofreciéndole a cambio el escritor que la dejaran como lupanar, lo que fue aceptado en el acto como una demostración adicional de la inopia que suele acompañar a censores y prohibicionistas. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.