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Opinión

David y Goliat en el siglo XXI: Colombia, una pieza más en el juego geopolítico chino

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
20 de mayo de 2025

La entrada de Colombia a la "Ruta de la Seda" china es una apuesta arriesgada, según expertos. Creen que el gobierno de Petro prioriza ideología sobre análisis, hipotecando el futuro del país.

Por Silverio José Herrera C. El ingreso de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (más conocida como la "Ruta de la Seda") promovida por China, ha sido anunciado como una gran jugada estratégica del gobierno de Gustavo Petro. Sin embargo, para los entendidos en geopolítica y economía internacional, se trata de una apuesta tan arriesgada como inconveniente. Colombia no ha ganado una nueva ruta, ha cambiado de timonel para subirse a un tren sin frenos y sin destino claro. En teoría, vincularse a una red global de inversiones y comercio podría parecer una oportunidad. Pero en la práctica, aceptar las condiciones de Beijing es abrir la puerta a una relación asimétrica en la que Colombia lleva todas las de perder. A diferencia de lo que muchos creen, China no da puntada sin dedal. Lo ha demostrado en África, Asia y recientemente en América Latina, donde sus préstamos y megaproyectos terminan hipotecando el futuro de las naciones receptoras. Lo que hoy llega como inversión, mañana se convierte en dependencia. La política exterior colombiana siempre ha tenido un aliado sólido, claro y confiable: Estados Unidos. Si bien su influencia ha sido criticada por algunos sectores, nadie puede negar el respaldo político, militar, económico y tecnológico que ha significado para el país durante décadas. Darle la espalda a Washington para abrazar a un socio de trayectoria opaca y autoritaria como China es, cuando menos, una imprudencia. En el tablero global, Colombia corre el riesgo de convertirse en una ficha de descarte. Lo más preocupante es que esta decisión no parece sustentarse en análisis técnicos, sino en el capricho ideológico y el narcisismo mesiánico del presidente Petro. Su obsesión por romper con todo lo establecido lo lleva a improvisar políticas exteriores como quien arma un discurso de campaña. Su presentación ante el líder chino fue, para decirlo sin rodeos, una escena tragicómica de un actor inexperto, pero egocéntrico. Propuestas desconectadas de la realidad, como el ferrocarril interoceánico, evocaron más a Cantinflas que a un estadista. No se puede confiar el destino económico de Colombia a un régimen que impone condiciones leoninas, que censura a su población, y que utiliza la inversión como instrumento de presión geopolítica. ¿Acaso hemos olvidado los casos de Sri Lanka, Zambia o Pakistán? Todos ellos atrapados hoy en las redes de la diplomacia de la trampa de la deuda. A diferencia de David, que venció a Goliat con una honda y una piedra, nosotros estamos entregando las armas y poniéndonos la venda antes de la herida. La "Ruta de la Seda" no es más que un eufemismo para describir una estrategia global de expansión comercial y control de recursos. China no busca aliados, busca subordinados. Y mientras Estados Unidos observa con recelo este giro colombiano, el riesgo de represalias económicas o reducción de cooperación no puede descartarse. En lugar de abrir puertas, Petro las está cerrando. Al final, el mandatario se retirará con una pensión privilegiada, dejando tras de sí un país más endeudado, polarizado y sometido. Como dijo Winston Churchill, "el precio de la grandeza es la responsabilidad", pero Petro parece haber confundido grandeza con egolatría y responsabilidad con terquedad. Quizá, cuando los efectos de esta alianza empiecen a sentirse en el bolsillo del ciudadano, recordaremos la advertencia de George Santayana: "quien no conoce su historia, está condenado a repetirla". Y mientras tanto, en el coliseo de la política internacional, Colombia, con Petro como emperador, parece más un gladiador desarmado frente al león chino. ¿Y el pueblo? Bien, gracias. Sufriendo, pero con discurso cósmico incluido.