
Cultura y Folclor

En una celebración en Córdoba, tres amigos reflexionaron sobre el amor a la música de Diomedes Díaz. La tertulia, tras un "compartir", exploró folclor, ética y moral, culminando en debates apasionados.
Por Álvaro Bustos González* Los tres amigos habían estado celebrando desde el mediodía en una finca cercana. Conmemoraban el día de la educación en el Departamento de Córdoba como invitados a un "compartir" con sus compañeros de trabajo de la universidad. Los esperaron con unos chicharrones con bollo limpio y yuca, y luego les brindaron un pernil de cerdo preparado por una experta con una salsa de ciruelas, que estaba suculento. Uno de ellos había llevado un litro de Black Label que fue escanciado con parsimoniosa destreza por los tres amigos y otros circunstantes en un lapso breve. En el fondo sonaban alternativamente un conjunto de acordeón y una orquesta de instrumentos de viento que recreaban con afinado tino las canciones más sentidas de los valles del litoral. Algunas mujeres, sin reparar en su edad y sin empacho, zangoloteaban con gracia al compás de los ritmos vernáculos, mientras la mirada absorta de los más jóvenes se perdía con relativa indiferencia entre el horizonte boscoso y los jeribeques de las damas. Antes de que la directora de Bienestar Universitario decretara el final del sarao, los tres amigos tomaron las de villadiego, se apertrecharon minuciosamente de hielo y whisky y se instalaron en el apartaestudio de uno de ellos, rodeados por unos cuadros abstractos que rememoraban un espermatozoide solitario y un toro bajo una lluvia de maracuyás en los linderos de unas murallas a la orilla del mar Mediterráneo. Frente a ellos había un óleo que mostraba un lance a la verónica y más allá una pintura en acrílico que constituye un sentido homenaje al escritor Julio Ramón Ribeyro y su cuento "Solo para fumadores", que muestra unas volutas de humo del color gris de los museos. Avanzada la conversación, y habiendo entrado en las arenas movedizas de los gustos, Ruperto Regaterín preguntó a qué se debe el amor, a su juicio desmedido, por las composiciones de Diomedes Díaz. Fue cuando el jurisconsulto y el investigador, ambos expertos en el folclor guajiro y valduparense, hicieron su prolija exposición. Como Regaterín percibía que, por momentos, el investigador cruzaba los cables del folclor y la cultura, propuso, en una especie de analogía metafórica, que se viera el asunto como si se tratase de los conceptos de ética y moral, en los que la moral es el contenido y la ética el continente, de tal suerte que se entendiera que la moral es una noción más bien circunscrita y la ética una reflexión más universal. Eso parece que no convenció al investigador, mas sí al jurisperito. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.