
Cuestiones ante la casa abandonada

"(…) Barrio, barrio, que tienes el alma inquieta de un gorrión sentimental. Pena, ruego, es todo el barrio malevo, melodía de arrabal. Viejo barrio, perdona si al evocarte se me planta un lagrimón/que al rodar en tu empedrao/es un beso prolongao/que te da mi corazón (…)". Tango “Melodía de arrabal” de Carlos Gardel.
Hoy pasé por su lado, como tantas otras veces por estos días. La percibí en su desolación plena. Íngrima. La más pura y patente representación del abandono lastimero. La acera, invadida por la maleza que reverdece sin talanqueras. Sentí que exclamaba silencios de sepulcro por sus ventanas, por las que se ven las estancias deshabitadas y recubiertas por el polvo fino, menudo, que se apodera de cada resquicio. Desde el exterior de la pared que da a lo que, se infiere, era el patio, se ven caer, lánguidas y descaecidas, pero con inusitada plenitud de, las hojas anchas de unas matas de plátano por cuyos tallos se siente y escucha trepar el abandono. Una soledad compasiva y solidaria me sobrecogió también cuando la vi, aun en pie, pero poblada solo por ecos vacíos. Por soledades recurrentes. Por la piel que ha mutado en la pátina de polvo sin dolientes ni adversarios. Los vidrios, huérfanos de cortinas, dejan ver desde la calle la geografía pequeña pero bien distribuida. A un lado, lo que un día fue una sala. Más allá, allá la puerta entreabierta hacia una habitación ataviada de desierto. Cerca de la calle, la escotilla alta y característica de un baño por la que se asoma una ducha de la que no sale agua hace tiempos sin memoria. Me acordé de que, en el garaje de esa casa esquinera, funcionó, durante años, una tienda. Me vino nítido al recuerdo el eco metálico, el claro tintineo del caer de las tapillas de las gaseosas que eran despachadas por un señor empapado en parsimonia y respuestas monosílabas, al que a veces remplazaba su esposa y, en otras ocasiones, su hija. Los frascos con los panes sencillos y baratos, que con su humildad franciscana bastaban como banquete para infantes sin dinero. Y me preguntaba, curioso, si los muros de esas casas añosas son tal vez seres vivientes capaces de guardar recuerdos, y sonidos y ecos de historias y risas; y si añoran estar habitadas y volver a albergar en su seno los ruidos cotidianos que construyen el andamiaje de un hogar. Si esas salas desocupadas añoran ser resididas por mesas y muebles, y si, acaso, la cocina lóbrega no anhela el choque de cristales y el metálico y acogedor escándalo de utensilios y cubiertos del menaje que un día diera vida a la alquimia formidable del alimento de los residentes. Si los techos conservan, a pesar de los años, la habilidad, no solo de impedir el incómodo ingreso de la lluvia y de proteger y aislar de la furia de los elementos, sino, además, y muy importante, su vocación de celosos guardianes, insobornables carceleros de los secretos de las familias. Mientras camino y la miro, en lo que se ha vuelto un ritual de cada tarde, inquiero si la brisa que se cuela entre los resquicios de sus puertas y ventanas cerradas para siempre se encuentra en sus viajes fugaces algunos fantasmas vigentes. Sí, el viento tiene el poder de dialogar con las imágenes y los recuerdos que se quedan, impresos en el silencio, adheridos a esos muros para siempre. Si los arcanos de esa casa están, por ventura, a la espera de ser redescubiertos. Si lo que un día tuvo significado de hogar y de alero, de ambiente propio y acogedor entorno, definitivamente también muere al morir sus dueños, o si esas vivencias pasan a otras dimensiones mientras las casas, abandonadas y yertas; mustias y marchitas, siguen como el silente testimonio, como la insonorizada resistencia donde se albergan los recuerdos de quienes se marcharon sin regreso. Esta tarde, al pasar de nuevo en este ritual que recoge pasos vespertinos en los que se remojan las melancolías perennes, las brisas iniciales de un diciembre encajado en raras lluvias trajeron consigo el eco afortunado de esos sonidos de la vieja tienda en la casa de la esquina. Tal vez, una de las últimas que queda en la fisonomía original del barrio que, hace ratos, para bien y para mal, dejó de ser la geografía pequeña y segura, la escenografía feliz y sin afugias; el territorio en que ondeaba vigorosa la bandera única de la patria de la infancia descalza e indocumentada en la que no existía el mañana, y en la que no se asomaba siquiera la noción certera de la muerte, ni tampoco se usaba la palabra mañana, noción por entero ajena al glosario de las horas intensas de la niñez en la que éramos felices, pero no lo entendíamos. El barrio, como lo vivimos, conocimos y gozamos, desapareció, y ya solo se puede dibujar con el pincel a veces equívoco y caprichoso de los recuerdos. Esta tarde, una vez más, y como todas estas tardes que he dedicado a transitar mis viejas calles, para volver a pasar por el corazón y mantener vivas varias querencias ausentes, volví a ver esa casa que, en esencia, está idéntica a cómo fue en aquellos días. Y, al caminar frente a esa presencia erguida, que se resiste tozuda al olvido y que con su fisonomía de perdidas lozanías testimonia días más felices que ya jamás serán, la escuché gritar clamorosa (pero inaudible para los demás transeúntes que no vieron el barrio que yo vi de niño) todo el abandono y la soledad posibles. Cuando me detuve a su vera y respiré las oleadas de soledad que de sus muros envejecidos se desprenden, entendí, una vez más y para siempre, que el barrio que se ha ido, sigue vivo dentro de mí. Porque nunca mueren los lugares a los que siempre volvemos y en los que fuimos felices.