
Cuaresma

La salvación, un regalo divino, exige fe y obras, no solo palabras. La Cuaresma es un llamado a reflexionar, cambiar y vivir el evangelio.
Por Selma Samur de Heenan Debemos recordar que no fue por nuestros méritos sino por la gracia y misericordia de Dios, que Jesús vino a traernos la salvación, cambiando con su dolorosa pasión y resurrección, la sentencia de muerte eterna que pesaba sobre el hombre, y abriendo las puertas de los cielos para que lleguen a él quienes sean receptivos a esta invitación. Muchas personas consideran que es suficiente con bautizarse, recibir al Señor en el corazón, alardear en tono alto de conocer las escrituras y hasta aprenderse sus versículos de memoria; desconociendo que eso no les alcanzará para llegar a ser salvos, porque para nuestra salvación requerimos de la Fe y sus consecuentes obras, entre ellas, las provenientes de la obediencia a las recomendaciones que vino a dejarnos sobre la manera de vivir su evangelio y de cumplir con los mandamientos de la Ley de Dios, que no fueron derogados por Jesús, sino muy por el contrario, ratificados con su prédica y ejemplo de vida. Es como el papá que hipoteca la casa para que sus hijos estudien en las mejores universidades, pero le pide al primogénito que se sacrifique, que no estudie, sino que trabaje para que juntos consigan los recursos necesarios para pagar las matrículas. Recibir el grado dependerá del empeño y sacrificio individual y del buen obrar, algo que ni su padre ni su hermano mayor pueden hacer por ellos. Otro ejemplo puede ser que recibamos la posibilidad de participar en un gran concurso con premios fabulosos. El ingreso ya lo tenemos sin ningún costo para nosotros, pero de ahí en adelante, para ganar esos regalos nos corresponde querer concursar, participar según las reglas indicadas, perseverar y esforzarnos todo lo que sea necesario. En cuaresma, la iglesia nos llama a practicar la fe, el ayuno, la oración, la penitencia y las obras de misericordia, tanto las espirituales como las corporales. Temporada propicia para revisar de qué y cuál manera estamos asumiendo nuestro compromiso de vivir como hijos de Dios, y de aceptar que son necesarios los cambios en todo aquello que encontremos en desobediencia al querer divino. La cuaresma es un tiempo de reflexión, de un nuevo comienzo, de entender que si bien es cierto que somos polvo y en polvo nos convertiremos, también lo es que nuestra alma tiene vida eterna y debemos procurar vivirla al lado de Dios. Todo tiempo es propicio para convertirnos y avanzar hacia la meta, pero estos 40 días pueden ser los más decisivos.