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Opinión

Cuando la voluntad salva vidas

Arianna Córdoba Díaz
Arianna Córdoba Díaz
Columnista
28 de noviembre de 2025

Cuando en 1997 el cardiólogo Gustavo Moreno Silgado y los pediatras Álvaro Bustos González y Jorge Abuchar Calle tuvieron la iniciativa de remitir a la Fundación CardioInfantil de Bogotá a menores de recursos muy limitados que padecían enfermedades cardíacas, para que recibieran en ese reconocido centro hospitalario el tratamiento que podía salvarles la vida, nunca imaginaron que, con el paso de los años, más de 550 niños serían beneficiados con este proyecto. La gran mayoría de ellos, hoy, goza de buena salud y vive plenamente.

En 2008, el cardiólogo Moreno Silgado llevó la idea de continuar esta iniciativa al Club Rotario Montería II, del cual es miembro. La propuesta fue acogida de manera inmediata. Ese mismo año formalizaron el programa, al que denominaron “Salvemos el Corazón de un Niño”, que desde entonces se ha desarrollado de manera ininterrumpida, generando un impacto profundamente significativo en familias de escasos recursos de Córdoba y otros departamentos. En esencia, este proyecto —que se realiza anualmente— convoca a menores de hasta 17 años, provenientes de hogares con limitaciones económicas, que puedan presentar alguna cardiopatía. Durante las brigadas médicas reciben una valoración especializada que permite determinar su condición real. Cuando un niño requiere intervención quirúrgica, el Club Rotario Montería II se encarga de toda la gestión: la remisión a Bogotá junto con un familiar, alojamiento, alimentación, transporte y demás apoyos necesarios. Las familias no deben invertir ni un solo peso en el proceso. Gracias a este programa, más de 5.000 niños han sido valorados, 559 de ellos intervenidos quirúrgicamente en la Fundación CardioInfantil. Muchos otros, tras una revisión rigurosa, han regresado tranquilos a casa al descartarse una cardiopatía; y algunos permanecen en seguimiento médico. En suma, este es un programa que no solo ha salvado el corazón de más de quinientos niños, sino también sus vidas, además de brindar estabilidad y alivio a sus familias. Pero, más allá de las cifras, esta historia nos recuerda que, para hacer el bien, no hace falta ocupar un cargo público ni tener grandes riquezas. Basta con la voluntad. Los miembros de los clubes rotarios, de los Clubes de Leones y de tantas asociaciones cívicas de servicio alrededor del mundo nos demuestran, silenciosamente, que aún hay personas buenas —muy buenas— que se preocupan por el prójimo sin alharacas ni despilfarros, y que, al final del día, lo verdaderamente importante es hacer el bien. *Coordinadora Oficina de Fomento Editorial, Unisinú