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Opinión

Cuando el rosa no alcanza

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
22 de octubre de 2025

Octubre se tiñe de rosa. Las vitrinas, las redes sociales, las camisetas y hasta los edificios públicos se iluminan con ese color que simboliza la lucha contra el cáncer de mama. Es, sin duda, una de las campañas de salud más reconocidas del mundo. Pero con los años he empezado a creer que hacen falta otros matices.

Me agradan el movimiento y las buenas intenciones de influencers, empresas, instituciones o ciudadanos que se suman para recordar la importancia del autoexamen o de la detección temprana. Eso está bien y ha salvado vidas. Pero hace un par de años conocí de cerca la historia de una vecina que enfrentó un cáncer de mama, afortunadamente hoy está bien, pero después de saber su testimonio por el diagnóstico y demás tratamientos, me hizo entender que el cáncer de mama puede ser de otro color no tan agradable. Quien recibe un diagnóstico, espera el resultado de una biopsia o se levanta con las secuelas de un tratamiento, puede que esté viendo el mundo con otros colores. A veces, incluso, puede doler y ser totalmente negro. Hay noches sin dormir, miedos que no se publican, cuerpos transformados, trabajos perdidos, relaciones que se tambalean. Hay mujeres que no “ganan la batalla” en los términos que dicta la publicidad, y sin embargo luchan cada día con una dignidad que pocas veces se muestra. Diversos estudios han señalado lo que algunas pacientes sienten: que el marketing del “mes rosa” puede trivializar el cáncer, convertirlo en una estética alegre y optimista que no refleja la experiencia real. Algunas organizaciones incluso hablan de “pinkwashing”: empresas que pintan de rosa sus productos y publicidad solo para vender más, realmente no les interesa la detección temprana o la concienciación sobre el cáncer de mama. No me malinterpreten, no se trata de apagar el rosa, ni más faltaba, sino de agregarle más contenido de valor, humanidad y coherencia. Que las campañas no se queden en fotos con filtros de Instagram, que no sean solo un prompt para Gemini, sino que promuevan chequeos accesibles, acompañamiento emocional, programas de atención integral, investigación y empatía real con quienes viven y sobreviven el proceso. Tal vez la simbología pueda evolucionar. Tal vez el próximo octubre podamos hablar más de las historias, incluso las de esas mujeres que no están superando la enfermedad. Escuchar las voces de más pacientes, reconocer que el miedo, la rabia o la tristeza también hacen parte de la lucha, y que no hay una sola manera “correcta” de enfrentar la enfermedad. Aquí mi aplauso a El Meridiano que desde hace varios años ha sabido mostrar las caras sin banalizar el diagnóstico. Porque sí, el rosa llama la atención, pero la vida, la que está en juego y la que en algunos casos se reconstruye después, tiene muchos más tonos. Y es ahí, en esos matices, en esa verdad sin IA, donde también habita la esperanza.