
Cuando el olvido desborda el cauce

En las llanuras de Córdoba y Sucre, el tiempo no se mide en meses, sino en el nivel que alcanza el agua en las patas de las camas...
En las llanuras de Córdoba y Sucre, el tiempo no se mide en meses, sino en el nivel que alcanza el agua en las patas de las camas. No es novedad que el río Sinú y el río San Jorge decidan, cada tanto, reclamar los patios que la sequía les prestó. Sin embargo, lo que hoy presenciamos no es una simple temporada de lluvias; es un diálogo roto entre la tierra y el hombre, donde el agua ha comenzado a escribir sus propias leyes sobre el mapa de nuestra geografía. Observar la creciente es ir a un espectáculo de espejos. El cielo, cansado de su propia carga, se vierte sobre las sabanas hasta que el horizonte se borra. En Ayapel o zonas ribereñas de Lorica, las casas parecen navíos fondeados a la nostalgia, esperando que el lodo no les robe la última grada. Es una elegancia nefanda: la del campesino navegando en canoa por lo que ayer fue su cultivo de maíz, saludando a los peces que ahora chapotean en su cocina con la misma naturalidad que se recibe a un pariente lejano. La urgencia, precisa más que poesía. Mientras el Ideam difunde sus alertas sobre los niveles críticos de los ríos, la respuesta institucional suele llegar con la lentitud de un animal bajo el sol. La gestión del riesgo no puede seguir siendo un ejercicio de reacción ante la adversidad, sino una arquitectura de prevención que entienda la voluntad del agua. Los muros de contención y dragas son necesarios, pero más el respeto por las ciénagas: pulmones que hoy jadean ahogados por la sedimentación y el descuido. Es cuestión de dignidad de un pueblo que ha aprendido a vivir con el agua al cuello sin perder la sonrisa, pero que no debería ser obligado a la resiliencia eterna. El río es vida, sí, pero desbordado por la negligencia es un grito de auxilio que navega sobre el territorio. Es imperativo que la mirada nacional se pose sobre estos departamentos con la misma fuerza que desciende la lluvia. Que las promesas no se las lleve la corriente y que la solución sea tan sólida cual barro plasmado tras la inundación. Al final, el agua siempre vuelve a su cauce. La pregunta es si, para cuando eso ocurra, habremos aprendido a escuchar su advertencia o si seguiremos esperando el próximo aguacero para acordarnos de que somos, antes que nada, hijos de la anfibiedad.