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Opinión

Cuando el ego ocupa el lugar de la salud pública

Hernando Lyons España
Hernando Lyons España
Columnista
6 de febrero de 2026

El acto de restablecimiento de los servicios del hospital San Juan de Dios en Bogotá el pasado 27 de enero ha debido ser una oportunidad para hablar de salud, de pacientes, de médicos y de un sistema de salud colombiano que está en la unidad de cuidados intensivos. Sin embargo, el presidente Gustavo Petro optó por otro camino: desvió el foco hacia afirmaciones incoherentes, provocadoras y profundamente inapropiadas para un jefe de Estado.

En lugar de concentrarse en políticas públicas, recursos hospitalarios o el derecho a la salud, el presidente habló de María Magdalena y Jesucristo, afirmando que habrían tenido relaciones sexuales y que él era bueno en la cama. Más tarde, en el mismo discurso, aseguró que su eventual encuentro con el presidente estadounidense Donald Trump sería "determinante para él y para la vida de la humanidad". El contraste entre el escenario —un hospital público— y el contenido del mensaje resulta desconcertante. No se trata de una simple anécdota ni de una licencia retórica. Sexualizar figuras religiosas desde un atril presidencial, en un país mayoritariamente creyente, constituye una falta de respeto evidente. Y presentar una reunión bilateral como un acontecimiento capaz de cambiar el destino de la humanidad refleja una desmesura discursiva que bordea lo irresponsable. El discurso dejó la sensación de que el presidente hablaba de sí mismo y de su papel "histórico" que de las necesidades concretas de los ciudadanos. Esa tendencia a la grandilocuencia, a colocarse en el centro de una narrativa casi mesiánica y a provocar deliberadamente, revela rasgos preocupantes del egocentrismo político. No soy psiquiatra y, como gastroenterólogo, sería irresponsable de mi parte emitir un diagnóstico clínico. Sin embargo, desde una perspectiva retórica, resulta difícil no notar lo que podría describirse como una incontinencia verbal persistente, donde las palabras fluyen sin control ni filtro institucional. Cuando el poder se ejerce sin autocontrol verbal, el resultado no es liderazgo, sino confusión. Un presidente no está obligado a ser neutral ni silencioso, pero sí a ser prudente, respetuoso y coherente. Los hospitales no son escenarios para provocaciones ideológicas ni para discursos desbordados de ego. Son espacios de dolor, esperanza y servicio público. Colombia necesita un liderazgo que hable menos de sí mismo y más de la gente. Porque cuando el ego ocupa el lugar de la salud pública, el que termina perdiendo es el país entero. En Colombia, no gobierna un proyecto de salud pública: gobierna un ego, y los enfermos pagan las consecuencias.